Neobabel

O cuando la cruda nos alcance

Su nombre

Habían cambiado de vendedores en el Oxxo por un asalto que me había tocado la semana pasada y tú eras cajero nuevo y me fijé en ti porque te veías gay también (lo noté por el aspecto que dabas con lo que te permitían vestir además del uniforme, como tus ostentosos anillos y los tatuajes que se te asomaban desde el cuello y las mangas de tu uniforme). No iba preparado para que me conocieras porque yo iba todo fachoso por un garrafón de agua (ustedes lo venden 5 pesos más baratos que en la tiendita) y me dio penita porque inmediatamente me gustaste y fantaseé con que trabajabas ahí porque seguro también vivías por esta zona y podrías ser mi amigo-vecino.

Empecé a ir más seguido para poder conocer tus horarios y cuando vi que te tocaba el turno de las tardes procuraba pasar saliendo del trabajo para comprar un yogurt o un refresco. Creo que eso hizo un poco obvio que me llamabas la atención, cosa que tal vez me confirmaste cuando me sonrojé la primera vez que me dijiste “Flaquito”. ¿Y si iba a hacer una recarga de 20 pesos cada dos días para que te aprendieras mi WhatsApp? -eso es lo que duran- ¿Me registrarías en tu agenda como Flakito y me escribirías para avisarme que ya hay garrafones de e-pura? ¿Cómo hacerte plática -y sobre qué- cuando podría escucharnos la vendedora de la otra caja donde ahora sí no quiero que me atiendan? ¿Ya tendría un amigo cerca que me fuera a visitar para ver películas juntos, se quede a dormir y desayunar hotcakes? Lamentablemente esas preguntas que se quedaron sin respuesta: un día ya no volviste y ahora sólo te recuerdo como el cajero chacalón que iba a ver porque me gustaba oír cómo me decías. Ni tu nombre supe. Sus uniformes deberían tener una plaquita con su nombre al menos.

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