#DomingoDeAnécdotas (5)

En unos días te ibas a Japón y estábamos peleando porque según tú yo no te quería, y a mí se me hacía irreal tener que demostrártelo después de tantos años de noviazgo. Según yo la única manera de medirlo era ver cuánto sufrías cuando la relación terminaba, y los dos sabíamos lo mucho que nos dolió todas las veces que terminamos y por eso acabábamos volviendo. Aunque las cosas cambian, y quizá ya no estábamos tan seguros de cómo nos sentíamos en el fondo.
Antes no podíamos decir que no nos queríamos mucho. Como cuando una vez te quedaste conmigo aunque no tenía colchón y nos dormimos luego de una cogidota en la base pelona de la cama, o cuando me mudé contigo y solo nos alcanzaba para cenar frijoles de lata con tortillas y a pesar de eso yo era inmensamente feliz. Lloramos juntos cuando nuestro perrito se perdió y también cuando el chavo del que nos enamoramos los dos se fue enojado y creímos que ya no volvería a hacer tríos con nosotros. El video en el que te decía que te amaba mientras te estaba ensartando tenía literalmente miles de vistas. Te quería tanto que siempre volvía a ti a pesar de todo. Incluso te di una clase especial de japonés para putear para que aprovecharas al máximo tu viaje.
Recordé qué podría convencerte de que en el fondo sí te quería. Esa vez que estaba sedadísimo por la anestesia general y tú estabas a mi lado esperando a que volviera en mí, lo único que hice fue (yo no lo recuerdo, eso me lo contaste tú) empezar a jugar con tu barba mientras te decía cosas tiernas como que te quería muchísimo y que verte siempre me alegraba y que estar contigo me hacía muy feliz y que cuando no estabas te extrañaba muchísimo y era la verdad. Si cuando no podía pensar en nada y estaba en automático -como un animalito- no estaba diciendo lo que realmente sentía en el fondo de mi corazón, ¿entonces cuándo?
De todos modos no me creíste, y fue triste porque terminamos de manera definitiva más tarde ese mismo año (el último día que Peña Nieto tuvo el poder: cuando los analistas políticos decían que AMLO cumplía tantos meses de mandato yo decía eso es lo que llevo soltero). Pero para mí que rompiéramos también era señal de que te quería muchísimo. Yo podría aguantar lo mucho que me dolía lo que hacías, pero tú no merecías estar con alguien que no te hace feliz ni te puede demostrar que te quiere.

#DomingoDeAnécdotas (4)

Cuando salimos del cine y caminábamos por Reforma yo todavía con el corazón alborotado de haberte robado un beso a media película porque a obscuras con la luz de la pantalla reflejada en tu rostro te hacía verte irreal, como un ángel, te pregunté tu edad y me dijiste que adivinara, y yo siempre le exagero mucho a la cifra para abajo para que se sientan halagados y dije que 20 y me dijiste que sí y yo me quedé blanco porque pensaba que eras al menos de la edad del chavo por el que te conocí, e hice la resta inmediata y dije podrías ser mi hijo y de cariño te empecé a decir así.
Cuando salíamos me tomabas de la mano hasta cuando cazábamos pokemones en la Alameda y yo trataba de disimular mi entusiasmo por los dos momentos que más disfrutaba de estar contigo, la charla de sobremesa en las que me sentía un entrevistador de un tuitstar y las charlas de almohada que teníamos antes de dormir porque cada vez que te vi pasaste la noche conmigo, y creo que por eso me encariñé. Cómo no enamorarse de tu figura desnuda fumando a media luz al lado de la ventana mientras me hablabas de todo lo que está mal en el mundo con tu ingenio infinito.
Odiaste mucho Call me by your name pero cuando me dejaste de contestar los mensajes más cursimente ridículos que he escrito jamás pensaba que nos había pasado algo parecido porque en esa historia también dos personas de edad algo distinta se habían enamorado en 6 semanas para luego no volverse a ver. Cuando tu amiga vio todas las fotos que te había tomado -contigo en el scooter, cuando te tatuaste, conmigo abrazándote con las luces del monumento a la revolución de fondo- me preguntó que por qué había tomado tantas, y dije que porque sabía que no iba a durar mucho. Y me desinvitó de la reunión a la que también asistirías.

#DomingoDeAnécdotas (3)

Les llamé por teléfono saliendo del psicólogo, que me había sugerido centrarme más en hacer amigos. Nos habíamos conocido en la primera cita que tuve con un chavo con el que no se dieron las cosas, como en una cita doble, cuando fuimos a ver animales y ustedes nos explicaban porque saben mucho de ellos. Me cayeron muy bien y creo que hasta me encariñé con ustedes cuando fuimos a su casa porque uno de ustedes estaba convaleciente y me recordaron la complicidad de mis dos últimas parejas. Dijeron que tenían el fin de semana ocupado por el día de las madres pero podría acompañarlos una noche la siguiente semana.

Yo estaba desesperado por tener novio. Llevaba 10 años sin saber qué era estar soltero, y me emocionaba amanecer con alguien como en la canción de Daniela Romo, aunque fuera solo con amigos. Ese día luego de los tacos, la película y los juegos subí a su cuarto luego de pasar al baño y me sorprendió verlos sin ropa. Pensé que así era como dormían, y me acomodé a la orilla de la cama. Ya a obscuras, Sentí el dorso de tu mano en mi pierna como un cariño tímido, inocente, y yo hambreado como siempre de abrazos te rodeé hasta con las piernas, acomodando mi cabeza en tu nuca. Ustedes se quedaron quietos, boca arriba y tomados de la mano mientras yo les hacía otras cosas. Supongo que cuando eres gay esto es algo que también hacen los amigos.

En mi cabeza cuando escuchaba canciones románticas en inglés los recordaba e interpretaba los “you” como ‘ustedes’ en vez de tú, como cuando con un ex fuimos trireja (eso no lo hace un amigo) y pensaba en si algún día sí podríamos darnos un beso de tres (tal vez eso sí lo piensan los amigos cuando eres gay). Salíamos y pensaba que para qué quería un novio si los tenía a ustedes. Creo que mi error en los noviazgos anteriores era dejar que mi pareja ocupara el papel de un grupo de amistades. Tal vez por eso malinterpreté todo y los quise de manera equivocada.

Esa última noche en su casa pensaba que sería mejor darle vuelta a la página y en silencio les agradecí por todo. Ustedes fueron el último abrazo que di antes de enclaustrarme por la pandemia. Afortunadamente los amigos son rotables y seguramente ni me echarían de menos. Creo que eso pasó, porque hasta mi crush que siempre me ignora me felicitó por mi cumple en mi cumple y ustedes no. Todavía me pregunto si quiero mal porque me encariño demasiado, o porque no sé ser solo uno más del ganado o las redes de gays son así. Todavía no sé si unos amigos pueden dejarte el corazón roto.

#DomingoDeAnécdotas (2)


Cuando me cancelaste dos días seguidos lloré. Me sentí idiota por -estúpidamente entusiasmado- lavar y planchar cortinas y bajar esa película y comprar lo que cocinaríamos. Me dolió todavía más que cuando él te propuso que nos viéramos los tres no cancelaras. Porque al parecer por mí solito no valía la pena tomarse la molestia de salir. Porque me ilusionaba que fueras la primer persona que me visitara y abrazara (y tal vez pasara la noche) en estos 9 meses en los que mi hipocondria me ha hecho vivir solo.

Tu cumpleaños había sido hace poco y te esperé en la estación con un minipastel, porque soy un ridículo cursi y me dijiste que en tu casa no te hicieron. Planeaba darte un abrazo largo cuando llegaras, pero tú lo hiciste breve recordándome una vez más que mis sentimientos hacia ti no son correspondidos. Como él iba a llegar tarde aprovechamos para ir al centro a buscar un cajero. Extrañaba salir y, como acomplejado, tener media cara cubierta con un cubrebocas que me hacía sentir Sub-zero me permitió disfrutar mucho charlar de tonterías mientras me guiabas por las calles. Te conozco tan íntimamente y desde hace tanto tiempo pero a la vez tan poco…

El guapísimo conductor nos preguntó si queríamos que nos metiera al motel, y ustedes creyeron que fue una forma de invitarse, pero yo no lo noté porque estoy todo imbécil o estaba muy nervioso o nunca me doy cuenta de nada. Nos llovió un poco. Charlamos. Los vi besarse por la puerta transparente del baño mientras me quitaba los guantes para lavarme las manos. Él me robó un beso a mí y yo pedí perdón diciendo que llevaba 10 meses sin hacerlo, desde que mi último novio me terminó. Soy un experto en incomodar a la gente. Tal vez solo me centré en que no se me viera toda la emoción de sentir los labios de alguien cuyos gemidos oí tantas veces en sus videos de internet, y de quien nunca imaginé intercambiar nuestra respiración, menos de a tres, menos en esta situación tan extraña.

Estuvimos 4 horas ahí. Él no se animó al dos romano al ver tu tamaño. Y fue raro. Disimulo peor de lo que creo. Era difícil no azorarse de esa llama etérea que producía la fatua comunión entre tu mirada y su cuerpo, entre sus gemidos y tu furia, entre mi música y su lengua, entre tu voz y mi dolor. Debí sentirme afortunado de hacer un paréntesis de esta locura con mi crush acompañado de alguien tan bello y bondadoso como imagino a los dioses benevolentes de la mitología. Pero mi corazón está descompuesto y solo pude sentirme miserable.

Al volver a la estación y despedirnos bajo la doble obscuridad de una escalera que hacía sombra de la noche, me despedí de mano de él, quien me jaló como enfatizando lo absurdo que era no despedirnos de abrazo. A ti solo te dije nos vemos. Quizá pensaste que estaba enojado, pero no. Solo creí que esta vez de verdad no podría soltarte.