Neobabel

O cuando la cruda nos alcance

  • #DomingoDeAnécdotas (28)

    Dicen que quienes conocemos la soledad nos reconocemos entre nosotros. Ese día, viéndote triste frente a la exhibición, vi que también pasa con los pingüinos: en el acuario anunciaban como novedad a Alex, el pingüino chilango, nacido aquí en la la caótica CDMX, tan lejos de ambos polos y a tanta altura. Tú lo veías como si lo quisieras acompañar, porque aunque visualmente era indistinguible de todos los demás, destacaba con su melancolía de entre el grupo porque estaba aislado, cabizbajo, viendo como con nostalgia el agua de su celda con pared de vidrio que era mitad piscina, mitad remedo de escenario de tundra hecha de plástico y cemento pintado de blanco y azul. Cuando se da esa extraña coincidencia y dos (o tres) soledades se encuentran -se reconocen- algo doloroso se exhibe, un anhelo nace, empieza a dibujarse una esperanza de ya no sentirse solo y de saberse comprendido. O eso quise interpretar al verte de espaldas, mirando fijamente a un ave afligida cuyos genes le impedían volar del mismo modo que su cautiverio jamás le permitiría conocer la libertad.

    Ya habíamos tenido algunas citas, como esa primera en un laberinto de luces, donde te tomé de la mano para guiarte fuera de la mazmorra como los héroes rescatan a sus princesas en los mitos, y capturé en decenas de fotografías los múltiples colores que luminosos se reflejaban en los rizos de tu pelo y en esas gentiles facciones tuyas que una noche enamoraron a todo un país en el noticiario estelar de la televisión abierta. No solo me parecías increíblemente lindo físicamente. O, mejor dicho, me parecías lindo de más de una manera: también me desarmaba tu voz al sutilmente imprimir un dejo de tristeza en tus bromas, o tu mirada llena de inocencia pícara que iluminaba toda la habitación y yo esquivaba intuitivamente para no sucumbir fulminado por ella.

    A los escritores como tú, además, se les puede conocer de una manera más íntima y profunda por sus textos. No sé qué mecanismo activaron en mí tus cuentos sobre dolor y sobre todo de abandono, pero terminé cayendo en esa admiración que se siente como preludio del profundo enamoramiento. Igual -me permitía fantasear- podríamos ser -intensos como éramos- como los Verlaine y Rimbaud del Estado de México. Obviamente de broma. Con tu humor que a veces era punzante porque era el destilado de un intenso sufrimiento, o a veces solo era muy inocente, como cuando te regalamos unas estampitas del Rayo McQueen y te alegraste, o cuando jugamos a grabar un podcast sobre caldos tlalpeños en el Sanborns (que habría sido un éxito con tu carisma) y yo juraba que habías nacido para ello, con tu humor encantador, o como cuando por whatsapp charlabas conmigo fingiendo ser tu perro y yo hacía un esfuerzo sobrehumano para seguirte la corriente y eso lo hacía todavía más gracioso.

  • DomingoDeAnécdotas (20)

    Estudiar la licenciatura se me estaba haciendo imposible más que por las materias de lo miserable que me sentía de pasar tantas vergüenzas de traer exacto el pasaje de regreso y lo limitante que era y lo humillante que se sentía ir a acompañar a amigos a comer sin pedir nada o pedir ropa prestada si me tenía que vestir formal o hasta que me escucharan rugir las tripas durante la clase o varios traumas más así, y dije igual puedo conseguirme un padrocinador en man hunt y me puse a buscar así señores ya grandes como dice aimep3 aunque sabiendo que igual ni pegaba porque la verdad estaba bien feíto pero igual le podía sacar el provecho a la edad y a lo flaco.
    Ni siquiera sentía con derecho a merecer más sabiendo que mi mamá que venía de un rancho se deslomaba vendiendo Yakult y que cuando mis hermanas cumplieron 15 no hubo fiestas ni nada. Intenté varias veces conseguir trabajo y recuerdo ir sin traje y con los zapatos de la secundaria a entrevistas esperando que no me contrataran porque ninguna jornada de 8 horas me iba a permitir seguir tomando clases y me deprimía mucho pensar que lo que más me entusiasmaba de la unam era poder tomar cursos de idiomas por 2 pesitos y no lo estaba aprovechando por andar juntando para tener un celular, por eso igual no me parecía tan malo dejarme invitar todo el alcohol que quisiera a señores que me querían emborrachar para hacerme lo que quisieran después (y lo hacían), y a veces hasta era divertido hablar de cine mexicano viejito igual que la única vez que tuve una charla con mi abuelo, y cantar canciones rancheras y de pedro infante y de angélica maría y así aunque seguro ya sabían que se los querían chichifear y por eso eran tan marros y había que verlos más de una vez y solo te daban lo indispensable como el que me llevó al oxxo a comprar un celular pero era de esos que tienen pantalla como de calculadora y me hizo guardar su número como “mi amor”, o el que me dijo vengo de estados unidos y te traje algo a ti que te gustan las cosas orientales y era un pisapapeles con una grulla pintada.
    Si acaso hacían promesas como cuando uno me dijo que cuando fuera a operativos a mexicali me llevaría para que practicara con los chinos y sí me dijo que me podía ayudar con la carrera y le dije que no era justo que gastara así por mí y me dijo que era una inversión pero ni pasó nada, hasta que un día muy borracho encuerado en la cama de un don que me había dado un billete de 20 pesos para los pasajes y unos calcetines nuevos porque los míos estaban bien madreados empezó a sonar sálvame de rbd en la radio y dije ojalá alguien me salvara, pero ojalá ni siquiera necesitara ser salvado y andar de noviecito con alguien de mi edad y co ger por gusto y que mi única preocupación fuera por aprender más cosas en la escuela, porque sí quiero ser un día licenciado y ser maestro y un día viajar a japón aunque igual debía bajar mis expectativas porque solo era el hijo de una yakulera al que una vez no le quisieron vender un boleto del metro por querer pagar con monedas de 10 centavos y en la situación en la que estaba estaba más cerca de ese chiste de que las ando dando por un chicle mot ita que de eso. Ojalá alguien me salvara. Por favor. Auxilio. Ayuda. De verdad que ya no puedo. Auxilio, de verdad auxilio.


  • Su nombre

    Habían cambiado de vendedores en el Oxxo por un asalto que me había tocado la semana pasada y tú eras cajero nuevo y me fijé en ti porque te veías gay también (lo noté por el aspecto que dabas con lo que te permitían vestir además del uniforme, como tus ostentosos anillos y los tatuajes que se te asomaban desde el cuello y las mangas de tu uniforme). No iba preparado para que me conocieras porque yo iba todo fachoso por un garrafón de agua (ustedes lo venden 5 pesos más baratos que en la tiendita) y me dio penita porque inmediatamente me gustaste y fantaseé con que trabajabas ahí porque seguro también vivías por esta zona y podrías ser mi amigo-vecino.

    Empecé a ir más seguido para poder conocer tus horarios y cuando vi que te tocaba el turno de las tardes procuraba pasar saliendo del trabajo para comprar un yogurt o un refresco. Creo que eso hizo un poco obvio que me llamabas la atención, cosa que tal vez me confirmaste cuando me sonrojé la primera vez que me dijiste “Flaquito”. ¿Y si iba a hacer una recarga de 20 pesos cada dos días para que te aprendieras mi WhatsApp? -eso es lo que duran- ¿Me registrarías en tu agenda como Flakito y me escribirías para avisarme que ya hay garrafones de e-pura? ¿Cómo hacerte plática -y sobre qué- cuando podría escucharnos la vendedora de la otra caja donde ahora sí no quiero que me atiendan? ¿Ya tendría un amigo cerca que me fuera a visitar para ver películas juntos, se quede a dormir y desayunar hotcakes? Lamentablemente esas preguntas que se quedaron sin respuesta: un día ya no volviste y ahora sólo te recuerdo como el cajero chacalón que iba a ver porque me gustaba oír cómo me decías. Ni tu nombre supe. Sus uniformes deberían tener una plaquita con su nombre al menos.


  • Imagen de Pilares Atlampa

    (Ejercicio para un taller de escritura)

    Nos dieron 10 minutos para la actividad, y según Google Maps el OXXO más cercano estaba a 11 minutos a pie. Sabiendo esto, aun así me animé a ir aunque sea corriendo para tomar algo de beber, porque llegué corriendo al taller (bueno, en bici). Sabía que no me iba a dar tiempo de escribir, (mucho menos a mano, cosa que ya solamente hago cuando escribo cartas, para que vean que le estoy echando ganas) pero pensé que podría ser algo que podría tomar de inspiración para redactar. Hacer la anotación, por ejemplo, de que efectivamente en esta colonia no parece haber gente, y aunque se ven por atrás unas viviendas, no pude encontrar una tiendita cerca, hasta que literalmente atravesé la delegación hasta Azcapotzalco, (que está del otro lado del circuito interior). Generalmente creo que se puede juzgar lo civilizado de una colonia dependiendo de si las calles tienen semáforos, y aquí sí hay, y también si hay OXXO’s cerca, y sí hay, aunque no tan cerca. También por el nombre de las tiendas misceláneas. Del otro lado del cruce se ve una que se llama “Elyon” (¿será como una mezcla de Elton y John? ¿O será algún nombre bíblico que no conozco?). Me compré un peñafiel simple porque estoy a dieta, pero, me dije “voy a comprarme algo con azúcar para agarrar fuerzas y correr”. A ver qué piensan de mí mis compañeros y maestro de que ando juzgando la colonia, vi en YouTube que a nadie le gusta la gente juiciosa, qué feo dejar una primera impresión así. De regreso podía correr o incluso tomar de esos camiones morados de la CDMX, pero se me hace absurdo hacerlo para unas solas cuadras. ¿Será que siempre que llegue al taller lo haré jadeando? Creo que la parte más importante de la escritura es lo que planeo escribir antes de sentarme a hacerlo. Por eso creo que fue bueno tomarme el tiempo para pensarlo antes de sentarme a escribir, aunque fuera para teclearlo mientras los demás leen sus textos. Creo que también es muy grosero hacer eso y van a creer que no les estoy poniendo atención. A ver si no se enojan. En fin.


  • #DomingoDeAnécdotas (14)

    Cuando yo iba en prepa no existía Grindr ni Hornet ni Manhunt, lo más cercano que había era el latinchat morado y nunca conocí a alguien en persona de ahí. Tampoco conocía a nadie abiertamente gay en la escuela, y por eso me emocioné mucho cuando te conocí en un taller de cuentacuentos en el museo de las culturas del que me enteré gracias a ese otro centro cultural donde tomaba clases de náhuatl y de mixteco y hacían maratones en la madrugada de cine alternativo en el que igual había gore o jooterías o películas japonesas sin subtitular donde en los intermedios podía mediocharlar con otros chavos de las bizarreces que veíamos y por unos minutos tenía la sensación de tener amigos -que nunca volvía a ver- con los que compartía esta incómoda sensación de que había límites -únicamente accesibles por medio del arte- en la percepción del mundo que por mucho que nos esforzáramos nunca podríamos alcanzar ni mucho menos entender. 

    Todavía al día de hoy sigo creyendo que la afinidad entre dos personas que se gustan está en su similitud, y eso a su vez está sustentado en la capacidad que tiene uno de realmente entender profundamente al otro, lo que al final mitiga esa inmensa soledad a la que estamos todos condenados como seres individualizados, y por eso cuando vi que además escribías me enculé. Recuerdo el cuento de tono pornohomoerótico que me mostraste y habías escrito en un taller para presentarlo para entrar a esa escuela de escritores, y también nos recuerdo charlando en la Alameda sobre la película de La Virgen de los Sicarios que justo trata de un escritor homosexual, y sobre la versión extendida de cómo fue tu peor borrachera que habías platicado como dinámica para romper el hielo en el taller, y sobre todo te recuerdo a ti diciéndome que yo te parecía lindo y yo me sentía volando más arriba de las nubes porque eras el primer hombre que me decía algo así, y yo aprendí a la mala que mostrarse demasiado entusiasmado en alguien hace que se espante, y lamentablemente eso te hizo perder el interés en mí.

    Me gané unos boletos para un concierto de la Ley en el Auditorio en un juego de ahorcado de la radio en el que hice trampa usando un programa del diccionario que la gente usa para resolver crucigramas y te llamé desde un teléfono público mientras mis amigos -la banda Poncha- con los que me estaba saltando las clases porque ya estábamos en grupos diferentes me esperaban, y tú me dijiste que no podías acompañarme porque decirme que te estaba incomodando hubiera sido muy cruel, y cuando regresé chilloso con mis excompañeros no hizo falta que les dijera nada para que me dieran uno de esos abrazos con arrimón por delante y por detrás de los que espantaban a otros amigos que decían “es que ellos sí te arriman el camarón de verdad” -aunque eran heterosexuales- para animarme y yo se los agradecí mucho.

    Unos tres años después nos topamos en Miguel Ángel de Quevedo cuando iba camino a dizque enseñarles japonés a unos chavos ahí a Nissan que hasta me invitaron a su boda y me contaste que sí habías entrado a la escuela de escritores y eso me dio mucho gusto, pero no pasó de charlar porque ya sabía que si te contaba que luego de esa última llamada telefónica aunque ya no hablamos te llegué a soñar un par de veces se te iba a hacer rarísimo, porque ni siquiera nos habíamos ni besado nunca, y tampoco existía Instagram ni twitter para pedírtelos y seguir en contacto, y luego cuando te volví a encontrar en las escaleras eléctricas de Forum Buenavista unos casi diez años más después y tú me reconociste yo ya no sabía qué podría decirte y hasta me puse nervioso porque iba camino a ver a mi novio que trabajaba ahí, y yo pensé en preguntarte que si todavía te parecía un chico lindo aunque ya no era ese chavo tan, tan iluso de prepa y si ya habías publicado algo y decirte cómo podías encontrarme en Facebook y tal vez yo te podría pasar algún cuento mío, pero no hice nada y solamente me despedí de ti al llegar al primer piso, porque de ti había aprendido muy bien y para siempre que si no puedes controlar tus sentimientos al menos debes saber ocultarlos porque el entusiasmo cuando no es correspondido da asco.


  • #DomingoDeAnécdotas (13)

    Te conocí en el trabajo que conseguí en lo que esperaba que me dieran el pase reglamentado para entrar a letras porque perdí un año por reprobar historia en mi último año de prepa, tú destacabas entre todos los que estábamos ahí porque hablabas súper alto y decías muchas peladeces y cuando te llamaron la atención empezaste a hablar con afectación irónica y yo amé eso, igual que tu figura delgadísima y tu piel apiñonada y esos ojos grandes tan separados y tan expresivos, y cómo esa vez que nos fuimos a empedar media nómina al bar que ya no nos quiso vender alcohol porque quién sabe que límite habíamos pasado tú te la quisiste seguir y nos fuimos a otro lado junto con el chavo que creo que te gustaba y yo odiaba y envidiaba tanto, y me decías Carlitos porque cuando llegué a esa chamba quién sabe por qué así me decían y yo nunca los corregí hasta que vieron que así no me llamaba pero tú me seguías diciendo así.

    Me habían subido creo cien pesos el cheque porque vieron que sabría programar y les hice un macro en Excel que nos ayudaba mucho y quizá porque le dijeron a la jefa que si no me aceptaban en el pase reglamentado me iba a suicidar aunque lo dije de broma, y aunque sí me sentía mucho más apreciado que en el otro trabajo donde venía dulces en uno de esos puestos naranjas en una esquina de mi casa dejé de ir cuando me harté y tú me llamaste para preguntar si ya no iba a volver y te dije que no y me dijiste que fuera por ti a la salida para ir a platicar, y fui y te esperé un rato leyendo el segundo libro de Harry Potter en inglés que nunca acabé y me fuiste platicando de política en el metro camino a Zona Rosa y nos tomamos unas cervezas en unas sillas al aire libre de Génova y me platicaste de cómo un exjefe te había propuesto ponerte casa si te dejabas coger pero habías dicho que no, y fueron unos niños a la mesa vendiendo dulces y más dulcemente platicaste con ellos y yo me quedaba en silencio como siempre porque no sabía como tratar con alguien tan increíble como tú, y creo que lo sabías porque me dijiste “y yo dije este Carlitos apenas está viendo como que qué pedo”.

    Cuando se hizo de noche me propusiste ir a tu casa y cuando subíamos las escaleras me dijiste que tratara de no hacer ruido porque me llevabas a escondidas al cuarto de azotea donde solo vivías tú, y sacaste unas estampas de Snoopy y me recortaste algunas y me las regalaste porque eran de Carlitos (Charly Brown) también, y luego me metiste a tu baño para que fumáramos mota. Dejaste la luz apagada, pero no hacía falta prender ninguna, porque la Luna nos iluminaba de plata por la ventana abierta que también dejaba escapar nuestros alientos grises mezclados con el viento frío de la noche. Sentados en el azulejo helado, sentía un calor diferente al de la hierba quemándose, diferente al de tu cuerpo y diferente al mío, que era incapaz de identificar. Supongo ahí fue cuando te anegué con todas las palabras que no dije cuando trabajamos juntos, que si me guardaba no era porque era reservado, sino porque era tonto. La inexperiencia de la que hablabas no me dejó ver que seguramente esperabas otra cosa, y por eso no fuiste la primera mujer con la que estuve. Eso pasaría unos meses después. Cuando ya no tenía tu teléfono ni ningún otro medio para contactarte y lamentando que esa fue la última vez que te vi.


  • #DomingoDeAnécdotas (12)

    Te escribí una carta cursi y malhecha que tenía la palabra “amor” una vez (y la palabra “vergota” una sola vez también) como para que realmente supieras lo que sentía por ti, y las 5 tortuosas horas que pasaron entre que te la envié y la leíste y me contestaste las ocupé para pintarme el cabello de gris por primera vez. La verdad no había intentado confesarte mis sentimientos (como dicen los japoneses) de esta manera antes porque temía mucho me dieras la respuesta que me terminaste dando, y traté de negociar en mi cabeza una salida para dejar de ilusionarme contigo y olvidar de alguna manera esa noche aquí conmigo que me quedé esperando y que tanto pinté de anhelos absurdos, patéticos e hirientes.

    Repasé todo lo que decían los psicólogos: que nadie es mío y nadie me debe nada, que si you have to push it it’s probably shit, que lo único que tengo bajo mi control son mis propios sentimientos y es absurdo conflictuarse con el mundo externo que no puedo cambiar, e incluso mentiras como que si realmente te amaba iba a confiar en tu buen juicio de no permitirme ser parte de tu vida. Vi a mi psicólogo mirándome con lástima porque aunque yo repetía esas frases como letanía la verdad es que el dolor seguía exactamente igual.

    La verdad mi consuelo venía de que igual nos vacunaban antes por ser maestros y entonces ya no habría excusa para no vernos, aunque sea por que me tuvieras lástima. Y me vacunaron y varios empezaron a chingar con que me los cogiera, y al que más insistió le dije con todo el cinismo del mundo que solo era para agarrar práctica para cuando te viera (a ti, “el chavo con el que estoy enculado”) y lo único que me hizo sentir mal fue que imaginé por un momento que tú me veías a mí con el mismo desinterés y lastimosidad con el que yo lo veía a él.

    Me odié todavía más de lo que ya lo hacía porque sentí que había distorsionado un sentimiento genuino y sincero de afecto en una necesidad mundana, en un capricho. Sabía en el fondo que el fin de verte no era cumplir algo que esperé y lloré tanto, sino que de algún modo hablar contigo me hiciera sentir menos solo. Nos veríamos la siguiente semana. Y me habías hecho la promesa de no volverme a cancelar de nuevo. El día llegó y…


  • #DomingoDeAnécdotas (11)

    Te conocí en la fiesta de mi ex con el que sabía que también cogías y resultó que estudiabas en la universidad en la que yo iba a entrar al mes siguiente, y luego de que pasaste la noche conmigo una vez nos veíamos de repente con nuestros sendos grupos de amigos y me platicabas de los cogederos dentro del plantel y cómo metreabas y de tus amantes de planta y de todo lo que te hacían, y en un principio decía qué genial ser el confidente de alguien y cuando vi que eras lindo y me llevaste un pastel en mi cumpleaños y de notar cómo empatábamos porque te gustaban los lobos y eras muy sensible con los personajes y las historias de los juegos RPG y además tenías unos ojos lindísimos dije verga ya me enculé, y cuando me platicabas cómo te cogían toda la noche o lo sabroso que estaba el mamado con el que te encerrabas en la escuela de baile empecé a sentir ya no envidia sino celos y mucha tristeza de que no te fijabas en mí.

    Me presentaste a tu novio y cuando terminaron le pedí que me ayudara a cocinarte un pastel porque dije si no te conquisto a cogidas igual por la panza y me llamaste para decirme que estaba muy rico y yo te había dicho que porque lo había hecho con mucho cariño y la verdad sí me pasé de azúcar, pero eso no fue lo que hizo que sí termináramos andando, fue que cuando vimos que los dos nos poníamos mal por andar cogiendo con el ex del otro -fuera de los tríos- dijimos creo que sí nos queremos. Y nos volvimos novios formales y la verdad fui feliz. Me daba risa cómo para tus amigos y familia era solo un amigo como si no fuera muy evidente que era tu pareja.

    Sabía que estabas enamorado de mi ex y luego del ex de él porque veía cómo te entregabas a ellos cuando se besaban cuando nos veíamos con ellos, pero era algo que entendía y por lo menos cuando estábamos juntos no me preocupaba. Pero la putería no tiene límites, y si no se puede controlar la propia mucho menos la ajena, y era complicado reconocer el eterno conflicto de no querer lastimar a quien te quiere por estar con otros y el deseo de libertad de poder encularte de varios hombres más. Todavía no sé cuál es la solución a ese dilema. No sé si entrar en este ciclo de sufrir por alguien, conseguir su afecto, desbordarse en amor y luego compartir su sexo hasta que llegue alguien más por quien desvivirse en anhelos para que el primero termine amargándose y llenándose de rencor sea la mejor mecánica. Sé que fue lo que nos pasó. Tal vez los amores empiezan a morirse luego de darse el sí.


  • #Domingodeanécdotas (9)

    Te conocí en una de esas fiestas de cumpleaños de mi primer ex en las que siempre me enamoraba de alguien, y en tu caso aunque ibas con novio (y yo también) sentí el flechazo cuando te vi abrir una cerveza con los dientes. Luego cuando estabas soltero me buscaste y te conté que iba semanalmente a CU a ayudar a traducir unos libros de kanji y una vez nos vimos antes y platicamos un ratote y para mi sorpresa cuando salí resulta que me habías esperado a que terminara para seguir platicando, y yo dije cuánto interés y dejé que el escenario de los pastos de la universidad que entonan perfecto para avivar esos romances juveniles dados por accidente nos hicieran víctimas de ellos.

    Siempre había dicho que era infeliz con mis novios porque o no eran listos o no eran fieles o no eran autocríticos. Tú eras más que todo eso: culto, ingenioso, honesto, afectivamente responsable, gracioso y profundamente analítico. Supongo que porque tenía que ver con tu carrera. Inevitablemente quedé fascinado contigo, como cuando uno ya se da por vencido de todo y llega alguien a romperte paradigmas.

    Un día de los muchos que terminé con mi novio por un tiempo me invitaste a tu casa y ya a obscuras -y después de haber decidido que pasaría la noche ahí- me dijiste que no cogeríamos hasta que fuéramos pareja, y yo me apresuré al trámite en esos segundos para cumplir con el requisito, y no es que no me agradara la idea. Esa noche descubrí que me gustabas por más cosas de las que creía.

    Las pláticas que teníamos a obscuras antes de dormir me marcaron para siempre. Creo que todavía sigo buscando a personas que lleguen a abrir tanto su corazón como tú, tan claramente, como si pudieras entender lo suficiente el mundo como para decir que no sabíamos nada y todo el mundo estaba confundido, pero siempre podíamos encontrarle un sentido a las cosas. Ver Futurama contigo era verla con ojos totalmente nuevos, ya hasta la música que me compartías me sonaba diferente.

    Contigo descubrí que la infelicidad en mis relaciones no venía de mis parejas, sino de mí, y tú mismo eras la prueba de ello, al prácticamente cumplir mis expectativas y superarlas y aun así yo siendo profundamente miserable. Era triste no saber bien si te quería, si te admiraba, si te envidiaba o simplemente te tenía ahí para no sentirme solo. Un día que noté lo injusto que era todo esto para ti, te dije que termináramos porque vivíamos lejos -cosa que aunque era cierta era una excusa- y dijiste que estaba bien y ya solo nos vimos para una cogida de despedida en la que al final lloré.

    Tu ex inventó luego que anduve contigo mientras andaba con otro y me bloqueaste de tu vida, cosa que aún lamento, aunque sé que te va muy bien y andas triunfando porque eres una persona increíble y cuando te dije que si te ponías a escribir en internet te iba a ir genial y así fue, y cuando me llegas a dar un fav sin saber que soy yo te extraño un poco menos.


  • #DomingoDeAnécdotas (8)

    Yo iba con el plan de luego ir a ver Cindy la Regia, no tenía idea de que me ibas a terminar ahí mismo donde tuvimos nuestra primera cita 5 meses antes y yo estaba encantado de que eras poeta y fuiste muy ingenioso para pedirme que nos viéramos preguntándome si deberías lanzarte con tu crush y resulté ser yo, y que te habías enterado de mi existencia porque te interesaba el japonés por los haiku y viste que yo daba clases gratis en la frikiplaza y alguna vez me habías topado en el metro y ya no te sorprendería que me ayudo mucho con los filtros de las selfis, y también que eras más alto que yo y me imaginaba que tenías grande todo (¡tu vergota!, ¡tus piezotes!) y que decías “ramen” con R suave y varias cosas más, y empezamos a decirnos “prenovio” porque sabíamos que inevitablemente andaríamos.

    Me pediste que anduviéramos apenas despertamos y yo pensé que era muy pronto porque todavía había pendientes antes de andar pero dije si digo que espere sería como decirte ‘no’ y yo sí quería, y empezamos a andar. Me deprime mucho pensar ahora que ni todo el entusiasmo que tuve pudo salvar mi manera enferma de relacionarme. Ojalá todos los días hubieran sido tan bonitos como en la boda de tu amiga donde yo brinqué cuando el novio lanzó el liguero y brincaste tú cuando la novia lanzó el ramo y lo ganaste y en la noche de regreso a casa en el uber hablábamos de cómo lo compartiríamos en Facebook y dijimos que nunca nos faltaría una frase ingeniosa porque éramos escritores. Ojalá no hubiera encontrado todas las maneras posibles de hacerte sentir mal excusándome en que ni siquiera deberías sentirte mal porque las cosas que decía que me decepcionaban de ti eran de hecho la cruel realidad, y que hasta tus gustos y tuits me molestaban porque me hacían pensar que no eras tan listo como yo creía. Ojalá me hubieras hecho caso cuando te decía que yo era insoportable y estaba traumado e ibas a sufrir mucho conmigo y deberías alejarte aunque en el fondo ambos sabíamos que necesitaba tu cariño, y por eso cuando me dijiste que me buscaban muchos y yo te decía que solo eran porque me querían coger y tú eras diferente porque me querías y bromeaste con que tú también me buscaste solo por sexo yo te insulté y lloré.

    Te diste cuenta que nunca mereciste estar con alguien tan tóxico de manual como yo y la gota que derramó el vaso fue que viste un tuit mío que te hizo sentir mal porque sentiste que te comparaba con un chavo que me acabó ghosteando y no te culpé porque era muy estúpido de mi parte seguir sufriendo por alguien teniéndote a ti que me querías bien y eras demasiado tolerante conmigo pero la cagué como siempre y la verdad no tenías necesidad de ser arrastrado en mi depresión y manías y exigencias. Todavía me sigo intentando convencer a mí mismo de que fue lo mejor separarnos y también de que necesitar abrazos tuyos ni siquiera se puede considerar razón.


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