#DomingoDeAnécdotas (15)

La desgracia de enamorarse

Odio a la gente que odia todo u odia tonterías. Tuve un ex que decía odiar a Gael García pero un día que metí a revisar su computadora y sus sesiones abiertas para ver si me era infiel (y encontré que sí) vi que tenía una carpeta con sus fotos, y cuando le pregunté que por qué guardaba fotos suyas me dijo que era porque era actor y a él le gustaba el cine (y era cierto, coleccionaba DVDs de películas de Hollywood). Ese ex me desesperaba porque se enojaba por cosas que ni siquiera entendía (como cuando me vio teclear una serie de asteriscos en una línea de comando y creyó que era porque le ocultaba cosas, porque no sabía que ese símbolo representa un comodín), y eso me hizo dejarlo de tomar en serio, porque ser así se me hace muy tonto. Otro ex, el más reciente, tuiteó un día que odiaba Black Mirror, cosa que me extrañó muchísimo porque es fan de la ciencia ficción y esa serie a mí me encanta, y descubrí que lo había hecho porque para algunos fans del género ese programa pareciera querer infundir miedo a la tecnología, y en su purismo se esfuerzan en quitarle la etiqueta de ciencia ficción. Ese odio también hizo que dejara de tomármelo en serio, porque ser tan fanboy de algo también se me hace muy tonto e hizo que ya no lo respetara intelectualmente.

Cuando me preguntan qué es lo que más me gusta de un hombre suelo decir que es la inteligencia, porque me hace sentir muy seguro que las personas listas saben enfrentar bien las dificultades, también siento que pueden entenderme mejor porque entienden bien al mundo en general y sobre todo porque les puedo aprender mucho. No puedo andar con alguien a quien puedo pendejear. Por eso tú me gustas mucho, con tus ocurrencias infinitas que llenan de risa las fiestas y hacen que todos te amen y digan que eres la mamada, y con tus análisis originales e interesantísimos de las películas y series que vemos, y con la honestidad desfachatada con la que hablas de tus sentimientos y tus formas de pensar. Eso -y tus ojos lindísimos que me atraen hasta cuando estás enojado- me tiene profundamente enamorado de ti.

Pero también hay cosas que odio de ti y me hacen profundamente miserable, como cuando descubrí que estabas en Grindr y abrimos la relación para que si te querías ver con alguien no fuera técnicamente una infidelidad, o como cuando sé que ya metiste a alguien a tu casa y aún así me escribes, quizá para que no sospeche o porque incluso con otra persona en tu cama necesitas que te ponga atención. Odio ver que estás todo el día en esa aplicación y que eso haga que yo esté también todo el día revisando si estás en línea y me empute que me escribas que me extrañas mientras seguramente chateas con algún vecino para que sea tu sexfriend y yo no pueda decirte nada porque te enojarías de que te vigilo (porque sabes que nunca me he visto con nadie de Grindr en la vida y solo lo uso para espiar).

Sé que entre hombres los noviazgos no duran mucho tiempo, o no duran bien. Sé que luego del enamoramiento que dura entre seis semanas y dos años empieza esa difícil etapa de estar junto al otro por apego, odiando todo lo que el otro hace, cogiendo porque es lo que hay más a la mano, tratándole de raspar algo de emoción a algo que ya se volvió habitual. Sé que eso sentías por el novio que tenías cuando te conocí, y ante la emoción de una nueva relación conmigo (a pesar de que no soy ni la mitad de guapo ni atlético que él) lo dejaste porque yo tenía mucho más tiempo libre, porque yo estaba increíblemente solo luego de encerrarme más de un año por la pandemia y porque me encontraba muy urgido de que alguien pasara conmigo una noche, y cuando lo platiqué casi chillando en la peda tú te ofreciste a amanecer conmigo y así fue como me enculé de ti, y cómo no iba a hacerlo si al despertar en tus brazos exorcizaste todas las mañanas que lloraba con los ojos todavía cerrados de comparar lo dulces que eran mis sueños con lo deprimente que era mi solitaria realidad. La etapa de la luna de miel fue exquisita. Amanecía con el calor de tu cuerpo embebido con el aroma de las ingentes cantidades de alcohol que consumías, embriagabas el aire con tu sudor etílico casi animal para entre las sábanas volverme tu presa, mordiéndome la espalda con fuerza atrapado en tus fortísimos brazos para que yo deleitado sucumbiera a tu voluntad. La solidez de tu turgencia me volvía loco y adoraba el contraste entre tu rigidez tan dolorosa y tan letal con el sabor dulce y luminoso de tu lubricación, tanto así que yo te exigía con al menos tres partes de mi cuerpo con mucha urgencia y desesperación que me alimentaras con el orgasmo que apagaría el incendio de mi tristeza para llenarme de tu amor. Que me abrazaras después o me tomaras de la mano en la calle me confirmaba que todo el idilio era real, igual las fotografías de nosotros abrazados frente a los espejos (o de ti pisándome la cara), o con mi cabeza recargada en tu hombro en los restaurantes (o de mí entrando en ti) o de ti volteándome a ver con esa sonrisa que pone todo mi mundo a temblar.

Después apareció la serpiente. La serpiente de la ansiedad que no paraba de decirme que el enamoramiento ya había acabado, que tú ya buscabas una persona nueva para sentir otra vez lo que sentiste conmigo al principio, que al final viste todos mis defectos y no me gustaron, que yo no quería estar con alguien que está grindeando todo el día, que ibas a ser más feliz sin mí. Cuando me volviste a invitar a una reunión familiar y vi que ya no estabas tan encimoso como la vez anterior me di cuenta de que la pasión había disminuido. Yo, que te conocí con novio y fui el amante un mes, me estaba poniendo celoso de personas que no viste más de tres veces. La serpiente, que también tenía algo de pitonisa, decretó que tú me cambiarías por alguien que pudiera darte más tiempo que yo, ahora que ya trabajo como antes y tú vives más lejos, así como yo tomé el lugar de alguien más. Por eso decidí aprovechar al máximo el poco tiempo que me quedaba antes de que conocieras a mi reemplazo.

#DomingoDeAnécdotas (14)

Cuando yo iba en prepa no existía Grindr ni Hornet ni Manhunt, lo más cercano que había era el latinchat morado y nunca conocí a alguien en persona de ahí. Tampoco conocía a nadie abiertamente gay en la escuela, y por eso me emocioné mucho cuando te conocí en un taller de cuentacuentos en el museo de las culturas del que me enteré gracias a ese otro centro cultural donde tomaba clases de náhuatl y de mixteco y hacían maratones en la madrugada de cine alternativo en el que igual había gore o jooterías o películas japonesas sin subtitular donde en los intermedios podía mediocharlar con otros chavos de las bizarreces que veíamos y por unos minutos tenía la sensación de tener amigos -que nunca volvía a ver- con los que compartía esta incómoda sensación de que había límites -únicamente accesibles por medio del arte- en la percepción del mundo que por mucho que nos esforzáramos nunca podríamos alcanzar ni mucho menos entender. 
Todavía al día de hoy sigo creyendo que la afinidad entre dos personas que se gustan está en su similitud, y eso a su vez está sustentado en la capacidad que tiene uno de realmente entender profundamente al otro, lo que al final mitiga esa inmensa soledad a la que estamos todos condenados como seres individualizados, y por eso cuando vi que además escribías me enculé. Recuerdo el cuento de tono pornohomoerótico que me mostraste y habías escrito en un taller para presentarlo para entrar a esa escuela de escritores, y también nos recuerdo charlando en la Alameda sobre la película de La Virgen de los Sicarios que justo trata de un escritor homosexual, y sobre la versión extendida de cómo fue tu peor borrachera que habías platicado como dinámica para romper el hielo en el taller, y sobre todo te recuerdo a ti diciéndome que yo te parecía lindo y yo me sentía volando más arriba de las nubes porque eras el primer hombre que me decía algo así, y yo aprendí a la mala que mostrarse demasiado entusiasmado en alguien hace que se espante, y lamentablemente eso te hizo perder el interés en mí.
Me gané unos boletos para un concierto de la Ley en el Auditorio en un juego de ahorcado de la radio en el que hice trampa usando un programa del diccionario que la gente usa para resolver crucigramas y te llamé desde un teléfono público mientras mis amigos -la banda Poncha- con los que me estaba saltando las clases porque ya estábamos en grupos diferentes me esperaban, y tú me dijiste que no podías acompañarme porque decirme que te estaba incomodando hubiera sido muy cruel, y cuando regresé chilloso con mis excompañeros no hizo falta que les dijera nada para que me dieran uno de esos abrazos con arrimón por delante y por detrás de los que espantaban a otros amigos que decían “es que ellos sí te arriman el camarón de verdad” -aunque eran heterosexuales- para animarme y yo se los agradecí mucho.
Unos tres años después nos topamos en Miguel Ángel de Quevedo cuando iba camino a dizque enseñarles japonés a unos chavos ahí a Nissan que hasta me invitaron a su boda y me contaste que sí habías entrado a la escuela de escritores y eso me dio mucho gusto, pero no pasó de charlar porque ya sabía que si te contaba que luego de esa última llamada telefónica aunque ya no hablamos te llegué a soñar un par de veces se te iba a hacer rarísimo, porque ni siquiera nos habíamos ni besado nunca, y tampoco existía Instagram ni twitter para pedírtelos y seguir en contacto, y luego cuando te volví a encontrar en las escaleras eléctricas de Forum Buenavista unos casi diez años más después y tú me reconociste yo ya no sabía qué podría decirte y hasta me puse nervioso porque iba camino a ver a mi novio que trabajaba ahí, y yo pensé en preguntarte que si todavía te parecía un chico lindo aunque ya no era ese chavo tan, tan iluso de prepa y si ya habías publicado algo y decirte cómo podías encontrarme en Facebook y tal vez yo te podría pasar algún cuento mío, pero no hice nada y solamente me despedí de ti al llegar al primer piso, porque de ti había aprendido muy bien y para siempre que si no puedes controlar tus sentimientos al menos debes saber ocultarlos porque el entusiasmo cuando no es correspondido da asco.

#DomingoDeAnécdotas (13)

Te conocí en el trabajo que conseguí en lo que esperaba que me dieran el pase reglamentado para entrar a letras porque perdí un año por reprobar historia en mi último año de prepa, tú destacabas entre todos los que estábamos ahí porque hablabas súper alto y decías muchas peladeces y cuando te llamaron la atención empezaste a hablar con afectación irónica y yo amé eso, igual que tu figura delgadísima y tu piel apiñonada y esos ojos grandes tan separados y tan expresivos, y cómo esa vez que nos fuimos a empedar media nómina al bar que ya no nos quiso vender alcohol porque quién sabe que límite habíamos pasado tú te la quisiste seguir y nos fuimos a otro lado junto con el chavo que creo que te gustaba y yo odiaba y envidiaba tanto, y me decías Carlitos porque cuando llegué a esa chamba quién sabe por qué así me decían y yo nunca los corregí hasta que vieron que así no me llamaba pero tú me seguías diciendo así.
Me habían subido creo cien pesos el cheque porque vieron que sabría programar y les hice un macro en Excel que nos ayudaba mucho y quizá porque le dijeron a la jefa que si no me aceptaban en el pase reglamentado me iba a suicidar aunque lo dije de broma, y aunque sí me sentía mucho más apreciado que en el otro trabajo donde venía dulces en uno de esos puestos naranjas en una esquina de mi casa dejé de ir cuando me harté y tú me llamaste para preguntar si ya no iba a volver y te dije que no y me dijiste que fuera por ti a la salida para ir a platicar, y fui y te esperé un rato leyendo el segundo libro de Harry Potter en inglés que nunca acabé y me fuiste platicando de política en el metro camino a Zona Rosa y nos tomamos unas cervezas en unas sillas al aire libre de Génova y me platicaste de cómo un exjefe te había propuesto ponerte casa si te dejabas coger pero habías dicho que no, y fueron unos niños a la mesa vendiendo dulces y más dulcemente platicaste con ellos y yo me quedaba en silencio como siempre porque no sabía como tratar con alguien tan increíble como tú, y creo que lo sabías porque me dijiste “y yo dije este Carlitos apenas está viendo como que qué pedo”.
Cuando se hizo de noche me propusiste ir a tu casa y cuando subíamos las escaleras me dijiste que tratara de no hacer ruido porque me llevabas a escondidas al cuarto de azotea donde solo vivías tú, y sacaste unas estampas de Snoopy y me recortaste algunas y me las regalaste porque eran de Carlitos (Charly Brown) también, y luego me metiste a tu baño para que fumáramos mota. Dejaste la luz apagada, pero no hacía falta prender ninguna, porque la Luna nos iluminaba de plata por la ventana abierta que también dejaba escapar nuestros alientos grises mezclados con el viento frío de la noche. Sentados en el azulejo helado, sentía un calor diferente al de la hierba quemándose, diferente al de tu cuerpo y diferente al mío, que era incapaz de identificar. Supongo ahí fue cuando te anegué con todas las palabras que no dije cuando trabajamos juntos, que si me guardaba no era porque era reservado, sino porque era tonto. La inexperiencia de la que hablabas no me dejó ver que seguramente esperabas otra cosa, y por eso no fuiste la primera mujer con la que estuve. Eso pasaría unos meses después. Cuando ya no tenía tu teléfono ni ningún otro medio para contactarte y lamentando que esa fue la última vez que te vi.

#DomingoDeAnécdotas (12)

Te escribí una carta cursi y malhecha que tenía la palabra “amor” una vez (y la palabra “vergota” una sola vez también) como para que realmente supieras lo que sentía por ti, y las 5 tortuosas horas que pasaron entre que te la envié y la leíste y me contestaste las ocupé para pintarme el cabello de gris por primera vez. La verdad no había intentado confesarte mis sentimientos (como dicen los japoneses) de esta manera antes porque temía mucho me dieras la respuesta que me terminaste dando, y traté de negociar en mi cabeza una salida para dejar de ilusionarme contigo y olvidar de alguna manera esa noche aquí conmigo que me quedé esperando y que tanto pinté de anhelos absurdos, patéticos e hirientes.

Repasé todo lo que decían los psicólogos: que nadie es mío y nadie me debe nada, que si you have to push it it’s probably shit, que lo único que tengo bajo mi control son mis propios sentimientos y es absurdo conflictuarse con el mundo externo que no puedo cambiar, e incluso mentiras como que si realmente te amaba iba a confiar en tu buen juicio de no permitirme ser parte de tu vida. Vi a mi psicólogo mirándome con lástima porque aunque yo repetía esas frases como letanía la verdad es que el dolor seguía exactamente igual.

La verdad mi consuelo venía de que igual nos vacunaban antes por ser maestros y entonces ya no habría excusa para no vernos, aunque sea por que me tuvieras lástima. Y me vacunaron y varios empezaron a chingar con que me los cogiera, y al que más insistió le dije con todo el cinismo del mundo que solo era para agarrar práctica para cuando te viera (a ti, “el chavo con el que estoy enculado”) y lo único que me hizo sentir mal fue que imaginé por un momento que tú me veías a mí con el mismo desinterés y lastimosidad con el que yo lo veía a él.

Me odié todavía más de lo que ya lo hacía porque sentí que había distorsionado un sentimiento genuino y sincero de afecto en una necesidad mundana, en un capricho. Sabía en el fondo que el fin de verte no era cumplir algo que esperé y lloré tanto, sino que de algún modo hablar contigo me hiciera sentir menos solo. Nos veríamos la siguiente semana. Y me habías hecho la promesa de no volverme a cancelar de nuevo. El día llegó y…

#DomingoDeAnécdotas (11)

Te conocí en la fiesta de mi ex con el que sabía que también cogías y resultó que estudiabas en la universidad en la que yo iba a entrar al mes siguiente, y luego de que pasaste la noche conmigo una vez nos veíamos de repente con nuestros sendos grupos de amigos y me platicabas de los cogederos dentro del plantel y cómo metreabas y de tus amantes de planta y de todo lo que te hacían, y en un principio decía qué genial ser el confidente de alguien y cuando vi que eras lindo y me llevaste un pastel en mi cumpleaños y de notar cómo empatábamos porque te gustaban los lobos y eras muy sensible con los personajes y las historias de los juegos RPG y además tenías unos ojos lindísimos dije verga ya me enculé, y cuando me platicabas cómo te cogían toda la noche o lo sabroso que estaba el mamado con el que te encerrabas en la escuela de baile empecé a sentir ya no envidia sino celos y mucha tristeza de que no te fijabas en mí.

Me presentaste a tu novio y cuando terminaron le pedí que me ayudara a cocinarte un pastel porque dije si no te conquisto a cogidas igual por la panza y me llamaste para decirme que estaba muy rico y yo te había dicho que porque lo había hecho con mucho cariño y la verdad sí me pasé de azúcar, pero eso no fue lo que hizo que sí termináramos andando, fue que cuando vimos que los dos nos poníamos mal por andar cogiendo con el ex del otro -fuera de los tríos- dijimos creo que sí nos queremos. Y nos volvimos novios formales y la verdad fui feliz. Me daba risa cómo para tus amigos y familia era solo un amigo como si no fuera muy evidente que era tu pareja.

Sabía que estabas enamorado de mi ex y luego del ex de él porque veía cómo te entregabas a ellos cuando se besaban cuando nos veíamos con ellos, pero era algo que entendía y por lo menos cuando estábamos juntos no me preocupaba. Pero la putería no tiene límites, y si no se puede controlar la propia mucho menos la ajena, y era complicado reconocer el eterno conflicto de no querer lastimar a quien te quiere por estar con otros y el deseo de libertad de poder encularte de varios hombres más. Todavía no sé cuál es la solución a ese dilema. No sé si entrar en este ciclo de sufrir por alguien, conseguir su afecto, desbordarse en amor y luego compartir su sexo hasta que llegue alguien más por quien desvivirse en anhelos para que el primero termine amargándose y llenándose de rencor sea la mejor mecánica. Sé que fue lo que nos pasó. Tal vez los amores empiezan a morirse luego de darse el sí.

#Domingodeanécdotas (9)

  1. Te conocí en una de esas fiestas de cumpleaños de mi primer ex en las que siempre me enamoraba de alguien, y en tu caso aunque ibas con novio (y yo también) sentí el flechazo cuando te vi abrir una cerveza con los dientes. Luego cuando estabas soltero me buscaste y te conté que iba semanalmente a CU a ayudar a traducir unos libros de kanji y una vez nos vimos antes y platicamos un ratote y para mi sorpresa cuando salí resulta que me habías esperado a que terminara para seguir platicando, y yo dije cuánto interés y dejé que el escenario de los pastos de la universidad que entonan perfecto para avivar esos romances juveniles dados por accidente nos hicieran víctimas de ellos.

 

Siempre había dicho que era infeliz con mis novios porque o no eran listos o no eran fieles o no eran autocríticos. Tú eras más que todo eso: culto, ingenioso, honesto, afectivamente responsable, gracioso y profundamente analítico. Supongo que porque tenía que ver con tu carrera. Inevitablemente quedé fascinado contigo, como cuando uno ya se da por vencido de todo y llega alguien a romperte paradigmas.

 

Un día de los muchos que terminé con mi novio por un tiempo me invitaste a tu casa y ya a obscuras -y después de haber decidido que pasaría la noche ahí- me dijiste que no cogeríamos hasta que fuéramos pareja, y yo me apresuré al trámite en esos segundos para cumplir con el requisito, y no es que no me agradara la idea. Esa noche descubrí que me gustabas por más cosas de las que creía.

 

Las pláticas que teníamos a obscuras antes de dormir me marcaron para siempre. Creo que todavía sigo buscando a personas que lleguen a abrir tanto su corazón como tú, tan claramente, como si pudieras entender lo suficiente el mundo como para decir que no sabíamos nada y todo el mundo estaba confundido, pero siempre podíamos encontrarle un sentido a las cosas. Ver Futurama contigo era verla con ojos totalmente nuevos, ya hasta la música que me compartías me sonaba diferente.

 

Contigo descubrí que la infelicidad en mis relaciones no venía de mis parejas, sino de mí, y tú mismo eras la prueba de ello, al prácticamente cumplir mis expectativas y superarlas y aun así yo siendo profundamente miserable. Era triste no saber bien si te quería, si te admiraba, si te envidiaba o simplemente te tenía ahí para no sentirme solo. Un día que noté lo injusto que era todo esto para ti, te dije que termináramos porque vivíamos lejos -cosa que aunque era cierta era una excusa- y dijiste que estaba bien y ya solo nos vimos para una cogida de despedida en la que al final lloré.

 

Tu ex inventó luego que anduve contigo mientras andaba con otro y me bloqueaste de tu vida, cosa que aún lamento, aunque sé que te va muy bien y andas triunfando porque eres una persona increíble y cuando te dije que si te ponías a escribir en internet te iba a ir genial y así fue, y cuando me llegas a dar un fav sin saber que soy yo te extraño un poco menos.

#DomingoDeAnécdotas (8)

Yo iba con el plan de luego ir a ver Cindy la Regia, no tenía idea de que me ibas a terminar ahí mismo donde tuvimos nuestra primera cita 5 meses antes y yo estaba encantado de que eras poeta y fuiste muy ingenioso para pedirme que nos viéramos preguntándome si deberías lanzarte con tu crush y resulté ser yo, y que te habías enterado de mi existencia porque te interesaba el japonés por los haiku y viste que yo daba clases gratis en la frikiplaza y alguna vez me habías topado en el metro y ya no te sorprendería que me ayudo mucho con los filtros de las selfis, y también que eras más alto que yo y me imaginaba que tenías grande todo (¡tu vergota!, ¡tus piezotes!) y que decías “ramen” con R suave y varias cosas más, y empezamos a decirnos “prenovio” porque sabíamos que inevitablemente andaríamos.

Me pediste que anduviéramos apenas despertamos y yo pensé que era muy pronto porque todavía había pendientes antes de andar pero dije si digo que espere sería como decirte ‘no’ y yo sí quería, y empezamos a andar. Me deprime mucho pensar ahora que ni todo el entusiasmo que tuve pudo salvar mi manera enferma de relacionarme. Ojalá todos los días hubieran sido tan bonitos como en la boda de tu amiga donde yo brinqué cuando el novio lanzó el liguero y brincaste tú cuando la novia lanzó el ramo y lo ganaste y en la noche de regreso a casa en el uber hablábamos de cómo lo compartiríamos en Facebook y dijimos que nunca nos faltaría una frase ingeniosa porque éramos escritores. Ojalá no hubiera encontrado todas las maneras posibles de hacerte sentir mal excusándome en que ni siquiera deberías sentirte mal porque las cosas que decía que me decepcionaban de ti eran de hecho la cruel realidad, y que hasta tus gustos y tuits me molestaban porque me hacían pensar que no eras tan listo como yo creía. Ojalá me hubieras hecho caso cuando te decía que yo era insoportable y estaba traumado e ibas a sufrir mucho conmigo y deberías alejarte aunque en el fondo ambos sabíamos que necesitaba tu cariño, y por eso cuando me dijiste que me buscaban muchos y yo te decía que solo eran porque me querían coger y tú eras diferente porque me querías y bromeaste con que tú también me buscaste solo por sexo yo te insulté y lloré.

Te diste cuenta que nunca mereciste estar con alguien tan tóxico de manual como yo y la gota que derramó el vaso fue que viste un tuit mío que te hizo sentir mal porque sentiste que te comparaba con un chavo que me acabó ghosteando y no te culpé porque era muy estúpido de mi parte seguir sufriendo por alguien teniéndote a ti que me querías bien y eras demasiado tolerante conmigo pero la cagué como siempre y la verdad no tenías necesidad de ser arrastrado en mi depresión y manías y exigencias. Todavía me sigo intentando convencer a mí mismo de que fue lo mejor separarnos y también de que necesitar abrazos tuyos ni siquiera se puede considerar razón.

#DomingoDeAnécdotas (7)

Me llamaste para preguntarme si podía quedarme esa noche contigo y me llevaste a tu cuartito de azotea con colchón en el suelo y techo de asbesto del que estabas muy orgulloso porque eras independiente y yo te envidiaba porque estabas a segundos de la facultad y hasta nos habíamos empedado ahí alguna vez, aunque no tanto como la primera vez que fajamos, cuando era nuestro primer año en la carrera y estábamos muy desorientados respecto a todo, y yo ya me había ido a dormir y estábamos creo que otros dos bultos más en el colchón y te metiste a mi lado y yo sin saberlo te estaba estrenando en esto, y por lo mismo estabas muy emocionado. El lunes siguiente me dijiste que no te habías bañado desde ese día.

Era raro empezar a tener sentimientos que no entendíamos, como cuando un compañero pasó su brazo por mis hombros un día y luego me cayó un balonazo en la cabeza y dijiste que qué bueno, o como cuando te robaste un chocolate del puesto de dulces de enfrente, lo mordiste y me diste la otra mitad, o como cuando sentados en el metro nos rozábamos los dedos detrás de una mochila para que nuestros amigos no nos vieran, o como cuando empeñé y perdí una guitarra que nunca aprendí a tocar para regalarte de cumpleaños un libro que no leí y me prestaste para que leyera. Lo mejor era cuando había peda o teníamos que hacer un trabajo y sabíamos que haríamos algo de rápido, como esa vez en mi casa donde te viniste a los dos sentones. Un día que sí nos quedamos en un hotel -cuando amanecimos- me preguntaste qué éramos, y yo me hice bien pendejo, o bueno más bien ya lo estaba. No sabía que ibas a perder el interés en mí muy pronto y yo te iba a llorar mucho y no te iba a superar hasta que me alejé (porque cambié de universidad -y de carrera-).

Nos seguimos viendo durante años cuando me llamabas de la nada y hasta te presenté a mis novios con los que eventualmente -incluso simultáneamente- te compartí o me compartieron, no sé (y no los culpo, por tu verg0ta de burro) porque aunque ahora ya tenemos muchísima -muchísima- más experiencia me sigo sintiendo igual de perdido con todo, y todavía te pregunto cómo le haces para no tener celos en tu relación abierta de años con ese chavo tan hermoso y tan listo y me regañas, y pienso que ojalá así fueran todas mis relaciones con los hombres, como contigo, donde al final aunque sufrí mucho por ti nos seguimos hablando y hasta cogiendo pero ya solo siento cariño aunque es raro pensar que formalmente nunca fuimos nada.

Esa madrugada que fui a tu cuarto quisiste ser tierno y me dijiste que yo siempre iba a ser especial por haber sido el primero y -como si todas las obscuridades fueran las mismas y estuviéramos continuando aquella otra donde te fuiste a acostar a mi lado- yo seguía entrando y saliendo de ti sin decir nada, como ese otro día cuando me preguntaste qué éramos, hasta que te abracé muy fuerte y nos quedamos dormidos. Al amanecer me vestí, y tú sin salir de la cama te despediste y para mi sorpresa cuando ya estaba saliendo me dijiste felicidades. Pensé que no sabías. Pensé que me habías dado un tierno regalo de cumpleaños sin saberlo.

#DomingoDeAnécdotas (6)

Me escribiste un mail como hace 12 años porque hice un programa que convertía fechas a un calendario mesoamericano y tú eras un experto de eso y creo que fue solo una excusa porque no sé cómo pero no tardamos en ver que éramos gays los dos y más o menos de la edad y ya solo hablábamos de putería aunque estábamos lejísimos y no nos conoceríamos hasta mucho tiempo después cuando me dijiste que te llevara a la casita a conocer en tu viaje al df y fuimos y ni hicimos nada hasta hoy que por fin me agarraste soltero, y nos vimos por mi casa y fuimos a cenar y te tuve la confianza de decirte que la verdad tenía la cabeza hecha un lío porque estaba teniendo muchas citas sería la tercera vez de la semana que no llego a mi casa y apenas es jueves y yo estaba buscando afecto porque lo que yo buscaba era pareja y yo en el fondo sabía que nada más querían que me los cogiera porque quién sabe que me ven y yo iba como igual con la esperanza de que no fuera solo eso y me preguntaste si tenía los ojos rojos por eso y yo dije que no pero sí, y te enojaste de que habláramos de eso y tenías razón porque siempre has sido dulce conmigo y las metáforas que seguro tomaste de la poesía indígena que me dices me ruboriza millones y tus te quieros viéndome a los ojos con toda la seguridad del mundo me estremecen y me da pena no poder corresponderlo porque digo no puedo ni siquiera encariñarme contigo vives muy lejos y nunca seré tan bueno como tus épicos amantes pero ese día te llevé al hotel más feo a la habitación más rascuacha e hice lo que pude por fin luego de tantos años y al final nos quedamos dormidos aunque no era el plan y luego en el uber te fuiste y me dijiste te amo y yo te dije que y yo a ti porque te admiro mucho porque eres una eminencia en tu área y cómo no amarte con tu belleza y tu personalidad pero para variar eso me puso triste porque ni aunque fuéramos vecinos me acercaría porque no estoy a tu nivel y solo haría lo que hoy y lo hago siempre ir a ver a alguien para coger a ver si me puedo sentir querido aunque sea un rato.

#DomingoDeAnécdotas (5)

En unos días te ibas a Japón y estábamos peleando porque según tú yo no te quería, y a mí se me hacía irreal tener que demostrártelo después de tantos años de noviazgo. Según yo la única manera de medirlo era ver cuánto sufrías cuando la relación terminaba, y los dos sabíamos lo mucho que nos dolió todas las veces que terminamos y por eso acabábamos volviendo. Aunque las cosas cambian, y quizá ya no estábamos tan seguros de cómo nos sentíamos en el fondo.
Antes no podíamos decir que no nos queríamos mucho. Como cuando una vez te quedaste conmigo aunque no tenía colchón y nos dormimos luego de una cogidota en la base pelona de la cama, o cuando me mudé contigo y solo nos alcanzaba para cenar frijoles de lata con tortillas y a pesar de eso yo era inmensamente feliz. Lloramos juntos cuando nuestro perrito se perdió y también cuando el chavo del que nos enamoramos los dos se fue enojado y creímos que ya no volvería a hacer tríos con nosotros. El video en el que te decía que te amaba mientras te estaba ensartando tenía literalmente miles de vistas. Te quería tanto que siempre volvía a ti a pesar de todo. Incluso te di una clase especial de japonés para putear para que aprovecharas al máximo tu viaje.
Recordé qué podría convencerte de que en el fondo sí te quería. Esa vez que estaba sedadísimo por la anestesia general y tú estabas a mi lado esperando a que volviera en mí, lo único que hice fue (yo no lo recuerdo, eso me lo contaste tú) empezar a jugar con tu barba mientras te decía cosas tiernas como que te quería muchísimo y que verte siempre me alegraba y que estar contigo me hacía muy feliz y que cuando no estabas te extrañaba muchísimo y era la verdad. Si cuando no podía pensar en nada y estaba en automático -como un animalito- no estaba diciendo lo que realmente sentía en el fondo de mi corazón, ¿entonces cuándo?
De todos modos no me creíste, y fue triste porque terminamos de manera definitiva más tarde ese mismo año (el último día que Peña Nieto tuvo el poder: cuando los analistas políticos decían que AMLO cumplía tantos meses de mandato yo decía eso es lo que llevo soltero). Pero para mí que rompiéramos también era señal de que te quería muchísimo. Yo podría aguantar lo mucho que me dolía lo que hacías, pero tú no merecías estar con alguien que no te hace feliz ni te puede demostrar que te quiere.