#DomingoDeAnécdotas (13)

Te conocí en el trabajo que conseguí en lo que esperaba que me dieran el pase reglamentado para entrar a letras porque perdí un año por reprobar historia en mi último año de prepa, tú destacabas entre todos los que estábamos ahí porque hablabas súper alto y decías muchas peladeces y cuando te llamaron la atención empezaste a hablar con afectación irónica y yo amé eso, igual que tu figura delgadísima y tu piel apiñonada y esos ojos grandes tan separados y tan expresivos, y cómo esa vez que nos fuimos a empedar media nómina al bar que ya no nos quiso vender alcohol porque quién sabe que límite habíamos pasado tú te la quisiste seguir y nos fuimos a otro lado junto con el chavo que creo que te gustaba y yo odiaba y envidiaba tanto, y me decías Carlitos porque cuando llegué a esa chamba quién sabe por qué así me decían y yo nunca los corregí hasta que vieron que así no me llamaba pero tú me seguías diciendo así.
Me habían subido creo cien pesos el cheque porque vieron que sabría programar y les hice un macro en Excel que nos ayudaba mucho y quizá porque le dijeron a la jefa que si no me aceptaban en el pase reglamentado me iba a suicidar aunque lo dije de broma, y aunque sí me sentía mucho más apreciado que en el otro trabajo donde venía dulces en uno de esos puestos naranjas en una esquina de mi casa dejé de ir cuando me harté y tú me llamaste para preguntar si ya no iba a volver y te dije que no y me dijiste que fuera por ti a la salida para ir a platicar, y fui y te esperé un rato leyendo el segundo libro de Harry Potter en inglés que nunca acabé y me fuiste platicando de política en el metro camino a Zona Rosa y nos tomamos unas cervezas en unas sillas al aire libre de Génova y me platicaste de cómo un exjefe te había propuesto ponerte casa si te dejabas coger pero habías dicho que no, y fueron unos niños a la mesa vendiendo dulces y más dulcemente platicaste con ellos y yo me quedaba en silencio como siempre porque no sabía como tratar con alguien tan increíble como tú, y creo que lo sabías porque me dijiste “y yo dije este Carlitos apenas está viendo como que qué pedo”.
Cuando se hizo de noche me propusiste ir a tu casa y cuando subíamos las escaleras me dijiste que tratara de no hacer ruido porque me llevabas a escondidas al cuarto de azotea donde solo vivías tú, y sacaste unas estampas de Snoopy y me recortaste algunas y me las regalaste porque eran de Carlitos (Charly Brown) también, y luego me metiste a tu baño para que fumáramos mota. Dejaste la luz apagada, pero no hacía falta prender ninguna, porque la Luna nos iluminaba de plata por la ventana abierta que también dejaba escapar nuestros alientos grises mezclados con el viento frío de la noche. Sentados en el azulejo helado, sentía un calor diferente al de la hierba quemándose, diferente al de tu cuerpo y diferente al mío, que era incapaz de identificar. Supongo ahí fue cuando te anegué con todas las palabras que no dije cuando trabajamos juntos, que si me guardaba no era porque era reservado, sino porque era tonto. La inexperiencia de la que hablabas no me dejó ver que seguramente esperabas otra cosa, y por eso no fuiste la primera mujer con la que estuve. Eso pasaría unos meses después. Cuando ya no tenía tu teléfono ni ningún otro medio para contactarte y lamentando que esa fue la última vez que te vi.