Había fiestas en las que me sentía particularmente solo. Como si la gente ahí fuera una muestra de la del mundo y yo me descubriera ajeno a él, conmigo en la otra esquina bebiendo solo. En el fondo los odiaba secretamente, porque por ellos había leído libros que me tediaron, había aprendido canciones que no decían nada y también visto series y películas que sólo me quitaron el tiempo. Hasta había intentado aprender a bailar. Sus opiniones (si es que las tenían, porque su único tema de conversación era el que habían visto mil veces en clase y por eso se sentían expertos) no eran de ellos mismos, y si llegaban a tener alguna idea original era más bien cualquier ordinariedad. Y lo más triste era que, aún así, sentía esa urgente necesidad de integrarme a ellos.

 

Estaba muy emocionado cuando te conocí porque luego luego supe que eras diferente porque tú sí me entendías y sobre todo porque podía aprender de ti. Yo te interesaba y tú me interesabas mucho también, y era muy bonito pensar así en el futuro porque tú estabas conmigo y yo te admiraba tu forma de ser y tu cuerpo y cómo nos abrazamos así sin ropa, y te me hacías tan tierno que decía a ti es a quien amo y por ti voy a ser lo que tú quieras, y ese momento era tan especial que lo probaba como si no fuera a durar mucho porque en el fondo sabía que te irías y sólo me quedaría con este recuerdo que me dejabas porque es el más lindo del universo y me serviría de puto consuelo para las noches como la de hoy.