Entre nochebuena, noche nueva y buenas noches

Cuando era la suerte quien nos encontraba echados, solía hacerlo en una cama verde del edén que a veces estaba en mi cuarto y a veces en el pasto del jardín frente a la facultad (donde aprendimos a sortear esas esquivas, tramposas enumeraciones), y el tiempo pasaba por encima de nosotros del azul dorado por el sol al rosa algodonado de las nubes, terminando en un opaco obscuro muy sediento de nuestro calor. Al final, su rigidez lúbrica y esmaltada acababa por ceder convulsa ante mi más mínima provocación, y yo me anegaba en el éter que se difundía por todo el interior de mi cintura.

A David le había dicho que para entrar a la familia necesitaba primero pasar la prueba de la cocina, e hizo unos hot-cakes de desayuno cuando mi mamá estaba en Japón, y aunque los hizo con harto amor (con forma de corazón incluso) no nos acabaron de convencer. Memo decía que a él le quedaban "ridículamente esponjosos", pero prefirió hacer quesadillas y una sopa de letras (nuestra sopa más ad hoc). Ese día me prestó Como agua para chocolate y al siguiente ya lo había leído, porque estaba ansioso de que no lo iba a ver hasta el año siguiente (eran finales de diciembre), y ahí leí que un platillo preparado por él me reconfortaría (o eso quise entender). Total que la sopa no me duró nada y, lamentablemente, tampoco fue la última temporada en que no pudo verme por sus compromisos, y acabé consolándome yo solito (sic ) diciéndome que lo que no te desespera te hace más paciente (aunque obvio no fuera cierto).