#DomingoDeAnécdotas (15)

La desgracia de enamorarse

Odio a la gente que odia todo u odia tonterías. Tuve un ex que decía odiar a Gael García pero un día que metí a revisar su computadora y sus sesiones abiertas para ver si me era infiel (y encontré que sí) vi que tenía una carpeta con sus fotos, y cuando le pregunté que por qué guardaba fotos suyas me dijo que era porque era actor y a él le gustaba el cine (y era cierto, coleccionaba DVDs de películas de Hollywood). Ese ex me desesperaba porque se enojaba por cosas que ni siquiera entendía (como cuando me vio teclear una serie de asteriscos en una línea de comando y creyó que era porque le ocultaba cosas, porque no sabía que ese símbolo representa un comodín), y eso me hizo dejarlo de tomar en serio, porque ser así se me hace muy tonto. Otro ex, el más reciente, tuiteó un día que odiaba Black Mirror, cosa que me extrañó muchísimo porque es fan de la ciencia ficción y esa serie a mí me encanta, y descubrí que lo había hecho porque para algunos fans del género ese programa pareciera querer infundir miedo a la tecnología, y en su purismo se esfuerzan en quitarle la etiqueta de ciencia ficción. Ese odio también hizo que dejara de tomármelo en serio, porque ser tan fanboy de algo también se me hace muy tonto e hizo que ya no lo respetara intelectualmente.

Cuando me preguntan qué es lo que más me gusta de un hombre suelo decir que es la inteligencia, porque me hace sentir muy seguro que las personas listas saben enfrentar bien las dificultades, también siento que pueden entenderme mejor porque entienden bien al mundo en general y sobre todo porque les puedo aprender mucho. No puedo andar con alguien a quien puedo pendejear. Por eso tú me gustas mucho, con tus ocurrencias infinitas que llenan de risa las fiestas y hacen que todos te amen y digan que eres la mamada, y con tus análisis originales e interesantísimos de las películas y series que vemos, y con la honestidad desfachatada con la que hablas de tus sentimientos y tus formas de pensar. Eso -y tus ojos lindísimos que me atraen hasta cuando estás enojado- me tiene profundamente enamorado de ti.

Pero también hay cosas que odio de ti y me hacen profundamente miserable, como cuando descubrí que estabas en Grindr y abrimos la relación para que si te querías ver con alguien no fuera técnicamente una infidelidad, o como cuando sé que ya metiste a alguien a tu casa y aún así me escribes, quizá para que no sospeche o porque incluso con otra persona en tu cama necesitas que te ponga atención. Odio ver que estás todo el día en esa aplicación y que eso haga que yo esté también todo el día revisando si estás en línea y me empute que me escribas que me extrañas mientras seguramente chateas con algún vecino para que sea tu sexfriend y yo no pueda decirte nada porque te enojarías de que te vigilo (porque sabes que nunca me he visto con nadie de Grindr en la vida y solo lo uso para espiar).

Sé que entre hombres los noviazgos no duran mucho tiempo, o no duran bien. Sé que luego del enamoramiento que dura entre seis semanas y dos años empieza esa difícil etapa de estar junto al otro por apego, odiando todo lo que el otro hace, cogiendo porque es lo que hay más a la mano, tratándole de raspar algo de emoción a algo que ya se volvió habitual. Sé que eso sentías por el novio que tenías cuando te conocí, y ante la emoción de una nueva relación conmigo (a pesar de que no soy ni la mitad de guapo ni atlético que él) lo dejaste porque yo tenía mucho más tiempo libre, porque yo estaba increíblemente solo luego de encerrarme más de un año por la pandemia y porque me encontraba muy urgido de que alguien pasara conmigo una noche, y cuando lo platiqué casi chillando en la peda tú te ofreciste a amanecer conmigo y así fue como me enculé de ti, y cómo no iba a hacerlo si al despertar en tus brazos exorcizaste todas las mañanas que lloraba con los ojos todavía cerrados de comparar lo dulces que eran mis sueños con lo deprimente que era mi solitaria realidad. La etapa de la luna de miel fue exquisita. Amanecía con el calor de tu cuerpo embebido con el aroma de las ingentes cantidades de alcohol que consumías, embriagabas el aire con tu sudor etílico casi animal para entre las sábanas volverme tu presa, mordiéndome la espalda con fuerza atrapado en tus fortísimos brazos para que yo deleitado sucumbiera a tu voluntad. La solidez de tu turgencia me volvía loco y adoraba el contraste entre tu rigidez tan dolorosa y tan letal con el sabor dulce y luminoso de tu lubricación, tanto así que yo te exigía con al menos tres partes de mi cuerpo con mucha urgencia y desesperación que me alimentaras con el orgasmo que apagaría el incendio de mi tristeza para llenarme de tu amor. Que me abrazaras después o me tomaras de la mano en la calle me confirmaba que todo el idilio era real, igual las fotografías de nosotros abrazados frente a los espejos (o de ti pisándome la cara), o con mi cabeza recargada en tu hombro en los restaurantes (o de mí entrando en ti) o de ti volteándome a ver con esa sonrisa que pone todo mi mundo a temblar.

Después apareció la serpiente. La serpiente de la ansiedad que no paraba de decirme que el enamoramiento ya había acabado, que tú ya buscabas una persona nueva para sentir otra vez lo que sentiste conmigo al principio, que al final viste todos mis defectos y no me gustaron, que yo no quería estar con alguien que está grindeando todo el día, que ibas a ser más feliz sin mí. Cuando me volviste a invitar a una reunión familiar y vi que ya no estabas tan encimoso como la vez anterior me di cuenta de que la pasión había disminuido. Yo, que te conocí con novio y fui el amante un mes, me estaba poniendo celoso de personas que no viste más de tres veces. La serpiente, que también tenía algo de pitonisa, decretó que tú me cambiarías por alguien que pudiera darte más tiempo que yo, ahora que ya trabajo como antes y tú vives más lejos, así como yo tomé el lugar de alguien más. Por eso decidí aprovechar al máximo el poco tiempo que me quedaba antes de que conocieras a mi reemplazo.