Un pero

Me hubiera gustado que aquellas líneas fueran el primer párrafo de la historia de amor que "comenzábamos a escribir con nuestras vidas", pero (y este primer adversativo era lo que más temía) no podía ser tan sencillo. Nunca nos hubiéramos conformado con esas retahílas de imágenes bonitas (o feas, o chistosas o tristes, o lo que estuviera de moda, lo que te gustaría escuchar), quizá me tragué esa horrible postura de que la parte más interesante de una historia es su crisis. Y eso era lo que no quería, caer en el lugar -la fosa- común. Eso no. No con él.

El Gino nos había juntado de improviso porque tenía su consultorio vacío y tenía muchas ganas de chupar por esa sudamericana que le pegó el acento. Ese día había amanecido con Memo y ‘hacer el amor’ como conejos me había dejado muy cansado y no quería ir, pero como ellos iban a invitar todo pues fui. Antes de ir al hospital por la mamá de Alma me escondí en la cocina para llamarle y preguntarle si estaba cansado él también, y  para decirle que significaba mucho para mí, aprovechando que ya estaba medio pedo, y que eso era lo más lindo que yo podía decirle, que nuestra relación era más que él y yo juntos y lo que sintiéramos por eso, y que esa asociación me encantaba.

18F

Capítulo XLVIII – El hielo

En este capítulo el Netza va a patinar al zócalo con Memo. Hacen una fila de cuatro horas donde charlan sobre ñoñerías, luego van a comer al Mumedi, donde encuentran a Ilán, que luego trata de traducir el epígrafe de A portrait. A las seis y media encienden las luces de los edificios y entran a la pista. El Netza no sabe patinar y se cae mucho, Memo lo cuida y baila. De regreso, en lo obscuro de la Alameda, el Netza le dice que fue como cuando el coronel Aureliano Buendía conoció el hielo.

  • El Netza pierde el anillo de laca