Diextrema

Mati y Rima eran dos mozos del templo de Kama. No fueron criados juntos, fue en su pubertad cuando supo uno de la existencia del otro, cuando sus miradas se encontraron reconociéndose como quien ve su reflejo. Los ojos, los labios, cada músculo era como el propio, y si uno se tendía encima del otro era como verse suspendido en el cielo, ausente de gravedad, perdido en un éter azul de no distinguir el cielo del suelo, como tumbados en una estera de espejo ahogados de un mar de aire. Pero los designios del Amor son fatuos, y Él, celoso y deleitado con su ambrosía, decidió conferirles una misión especial. Sus encuentros carnales serían como una gran flama envuelta en una pira, como hielo fundido en nieve de cristal, como terrón disuelto en otra misma arena, como ráfaga presa en remolino.

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