Mari, la de tres años

Cuento voyerístico

Le dicen Mari, no sé cómo se llama. Entre su casa y la mía hay un pasillo destechado de metal y cemento que de orillas tiene barrotes sucios y de pintura blanca, por donde puede caerse un perro pero no una niña. Por eso su mamá, (una muchacha que conoció el hijo del vecino cuando se fue a EEUU, tampoco sé su nombre) la deja ahí todo el día, bajo el sol y con la puerta abierta por si se quiere meter a sentarse o a ir al baño.

Creo que no ve tele. El sábado en la mañana, cuando trapeaba la entrada de la casa en shorts, descalzo y con playerita, se me quedó viendo. No me importó que me viera, me dio gusto que alguien estuviera apreciando lo que hacía. Prefería verme. Fue curioso que ninguno de los dos se incomodara. Luego llegó mi mamá y nos cerró la puerta.

Sabe estarse quieta y eso me preocupa. No es una niña escandalosa que habla a gritos como sus tías políticas, dos oligofrénicas de más o menos ocho años. Se dicen “Vas a ver horita Fani”, “vas a ver horita Diana, te voy acusar”, “Amá, la Fani no me quiere dar de sus chicharrones” y la señora “¡Fani! vas a ver cómo te pongo horita” Y ella viendo callada, pensando. Tengo miedo de que aprenda a portarse y a hablar como ellas.

El domingo conoció a mi perro. No sabe que le gusta comer niñas (hasta ahora no lo ha hecho, y la verdad, sus más o menos 30 centímetros de largo sólo me asustan a mí). El le ladró y ladró, ella le sonreía sin miedo y sin llorar (no como sus tías políticas), él se apaciguó y movió el rabo. No la vaya a querer más que yo, no se vayan a querer sin mi.

Su padrastro (un amigo mío de la infancia y de apenas 2 años más que yo) ya tuvo una hija con la mamá de Mari. Como todavía no aprende a hablar, para mí es como si no figurara. Pero importa. Hay que cuidarla del sol y no dejar que se aleje de su madre. Su padrastro vive en la casa, estoy seguro. Quisiera verlo, aunque sea de lejos. Ya va para seis años.

Desde hace mucho digo, de vez en cuando, que soy hijo de la chismosa. Ella me dio muchos de los datos que he dicho aquí. Pero el más terrible me lo dijo mi hermana. “Hola, Anbeto“. Yo me llamo Alejandro. “Así te dice la niñita de enfrente.” Quedé como paleta. Su padrastro se llama Alberto, y le dicen Beto, Ella vivió desde que nació en EEUU, y supongo que ahí aprendió a, an, o and. Tal vez piense que a todos los muchachos de mi edad se les dice Beto y que an (bien de a/an, bien de and) es algo así como un artículo determinado y que los nombres propios pueden llevarlo. Es un tipo de error que no debe tener una niña que ya tiene tres años. ¡Santo Cristo! ¿Qué va a ser de ella? Cuando entró a la casa a mi perro le dijo angwagwaw. lo tomé como juego. ¿Pero y si no lo es?

Hoy vino en la mañana y mi mamá le enseñó a decir perro. Algo es algo. ¿Pero y lo que no le enseñen? El Domingo su mamá fue a comprar tortillas y ella pensó que la habían abandonado, se puso a llorar y a gritar “maaaaa maaaaa”. Su abuela trató de consolarla pero la niña no entendió. Te parte el corazón.

***

Por fin la vi viendo tele. Ella la educará y la enseñará hablar como en donde vivía, con su sintaxis extranjera y sus abundantísimos “lo siento”, cortesía de los malos traductores de caricaturas. Pero algo es algo. La nuestra ya no es lengua materna (tan mediocre): es lengua televisiva.

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