La letra china

Cuento glifofílico
(ene-03)

Cuando se escribió la primera receta, o sea hace mucho mucho tiempo en algún lugar de la mística China, se especificó que ese pedazo de tela bicolor debía hervirse con el caldo. Los mares de nubes plateadas con sabor a escama de tiburón y tallarines sin huevo tenían además de un provecho para la panza y un goce para la nariz el molde y patrón de cocinado, que al contenerse en sí mismo pasó a ser solamente un modesto ingrediente. No fue por capricho. El poder de un símbolo que denotaba al mismo tiempo una sola sílaba y una sola palabra y un solo significado (que era a su vez una idea) era grande por su permanencia muy superior a la propia tuya o mía, pues ya ni los nombres de las flores iban a durar tanto. Hoy, uno puede tatuarse de por vida un agua al lado del ombligo de nuestro primer sustento, con los mismos trazos de hace 5000 años, tanto éxito ha tenido el anhelo de dejar un rastro en el mundo al que llegamos quién sabe cómo sin solicitud ni deseo.

Hijo de tantas innumerables casualidades fui ese yo tan accidentado. Que gracias a dos o tres consejos y ocho delitos más o menos horribles me llamé así o asá, dos rimas con catorce sílabas me dieron un beso en el cuello y el polvo encapado en un vidrio me quitó la virginidad. Si el alcance del azar es fuerte el de la letra china es más. No es exageración. Yo siendo un gran pensador autobautizado pienso que la voluntad (aunque netamente biológica, exprésese como se exprésese) es el “gran principio dinámico de la sociedad”, (cosa que, por cierto me da un asco diarreico).

[incompleto]

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