Præsens nunc

Cuento onírico
(29-sep-03)

¿Desde cuándo lo busco? No sé ¿Para qué? tampoco. Es un libro valiosísimo, escrito con letras que solo yo se leer: Soy el Indiana Jones lingüístico.

Yo decía que era una aparato mágico porque no podía explicar cómo funcionaba. Uno ponía la mano encima, como en un detector de mentiras, y la máquina añadía la unidad de tu puntaje de conocimiento del árabe o del francés, y luego lo multiplicaba por 1000% para que tu boca, tus oídos, tu cabeza y la mano con la que escribas pudieran entender a cualquier persona o texto extranjero. De él decía que bien era un libro corriente, cuando lo vi la primera vez despastado con las orillas secas y amarillas. Después supe que era la alibralización de un manuscrito más antiguo, de los tiempos de babel, hecho con algodones y lana de cachemira. De él tengo solo una hoja, o más bien, un folio. Recuerdo las clases de catecismo y sé que el don de lenguas lo tuvieron los divinizados cuando la llamita azul de los dibujos les sopló en la oreja el fato del don de lenguas, como el agua que hizo sólido este papel.

Tengo en la cabeza una canción. Es árabe. Al irla cantando reconozco cada palabra, la entiendo por primera vez. La canto en voz alta y los sonidos me salen iguales a la grabación. Me falta la música, voy en un tren escandaloso oscuro y con calor, el metal y los vidrios del tren me aturden y me hacen sudar. Voy al vagón de comida donde todo es de plástico y uno puede ver los platos derritiéndose por la comida, y donde los hielos de los vasos se deshacen tan rápido que el piso siempre está inundado. Exagero.

Hay uno hombre igual a uno de mis maestros. Quiero ir a preguntarle si fue con él con quien me emborraché tanto como para llorarle por falta de amor, pero no, se levanta, me lanza una daga que me atraviesa el hombro, cierro los ojos del dolor y siento que me voy a orinar de miedo y placer, pero veo que huye al la locomotora. Puedo seguirlo. Me saco el cuchillo. Voy desarmado y tengo un brazo inmóvil, pero recuerdo que en este sueño soy ambidiestro y muy fuerte. ¡Eso! se ha pasado al vagón siguiente y ha cerrado con seguro. Sabe lo que busco, y quién soy. Me tiene miedo, y es natural. Siento un frío en la espalda, lo cual es raro. Volteo sabiendo que ay algo atrás de mí, y le arruino la sorpresa a una silla que me descalabra.

Pero no estoy muerto. El maestro me carga y por la ventana me hecha a un río donde seguro hay cocodrilos. ¿O es una catarata? Mi cabeza quiere sentir el vértigo como un sedante o un psicotrópico, y deseo concedido, estoy cayendo en un estruendo líquido con infillones de gotas por días y días y días.

Hay obscuridad, no veo nada, pero el cuerpo se me mueve solo como si lo estuvieran destrozando, como si fuera perdiendo su forma pero sin dejarse romper. Abro los ojos y estoy en una gruta, de pie, bajo una caída de agua. Me avergüenzo y lloro, diluyendo todos mis fluidos con ese pesado hielo fluido.

Este lugar, sí. Hay algo que va a caer del techo. Es un duelo de arena. Un coliseo natural. Preparo mis armas, mis armaduras, tomo elíxires, guardo. Voy a pelear solo. En cualquiera de los siguientes pasos va a empezar la estrepitosa música de viento, y la batalla.

¡Eso! Es un dragón que tiene una parte del libro. Mi folio lo dice. Es el dragón de la tierra, mi elemento. ¿Ya dije que mi arma es una sartén, mi escudo es un morral y mi elixir más poderoso un mazapán de cacahuate? Cuando despierte me lo voy a recriminar.

No describo la batalla. Dos o cuatro golpes mortales, no importa de quién para quién. El dragón me cae encima. Mis sartenazos no son muy efectivos, sus garrazos sí. Levito, me siento de roca. Veo al dragón en el suelo y le caigo como un cometa. Esta técnica se llama 聖神風, pero yo le digo kometto rasshu. El dragón muere, se deshace y obtengo el folio de las lenguas de oriente.

Recuerdo que tengo razones para hacer esto. No las voy a decir. Son muy personales, hasta para mí mismo. Luego sospecho. A esta historia le faltan partes. Los narradores nuevos, primero, hacen una historia complicadísima y muy larga con muchos detalles. Luego quitan pedazos al azar. De lo que queda, se busca que no haya contradicciones. Si no se entiende no importa. Entonces me doy cuenta que no soy yo, soy Serge el de Chorno Cross.

En Nueva Delhi la luna llena. No hay nubes, y el chiflón les lleva a las vacas un olor a pasto que las hace dormir. En Lima el sol empieza a calentar el suelo porque acaba de entrar el verano, la vendedora de flores se quita las chanclas para calentarse los pies. Aquí, el sol a rayazos le avisa a mi cabeza que el sueño ya se tiene que acabar, y el subconsciente (cuidándome del shock) me obliga a pensar en muerte para poder despertar. El muy pendejo no notó que me ha obligado a buscar el pinche libro en la puta vigilia.

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