Ángeles y su Dios

La abuela materna de Ápatos, Ángeles, visitaba a la familia Martínez a principios de noviembre de cada año. Siempre llevaba higos y ciruelas de su tierra, única en el mundo, perdida en algún valle oculto de las lejanísimas tierras de La Luna, donde los árboles de primavera daban frutos en otoño. Solía ser una imagen eterna en su mente: en su infancia, al jugar a la víbora de la mar la recordaba, pues era ella la mexicana que fruta vendía, ciruela, chabacano, melón o sandía (siendo, según la familia, las primeras pequeñas y dulces, las otras grandes e insípidas). Cuando veía pasar a alguna mujer de edad avanzada cargando en su espalda a un niño con ayuda de un rebozo, se imaginaba a sí mismo llevado por su abuela, delgada y demacrada por la edad, pero fuerte, más fuerte que su propio abuelo. Sucedía lo mismo con las tortillas que elaboraba en un comal de barro, con maíz azul verdoso, colorada del rostro, dándole forma circular a un pedazo de masa con las manos partidas, sentada en un suelo sin pavimentar. Pasaba algo similar con las ferias de pueblo, las canciones de cuna que decían «ma cochi, cochi, noxocoyo», y los cuentos de brujos que se volvían búhos o coyotes. Ella también quiso llamarlo de forma singular: Xocoyotzin, Ápatos Xocoyotzin. Cuando Ápatos conoció el significado de su segundo nombre (el del primero lo supo, lamentablemente, poco antes de morir) creyó que su abuela le había marcado el destino sin haberse dado cuenta, y cuando se lo hizo saber, Ángeles le contestó, en tono irónico, que el destino no es algo que se pueda cambiar con un nombre. Sólo con dos o más.

Desde niña trabajaba todos los días cortando elotes tiernos, con sus doce hermanos en las milpas que poco a poco fueron dejando de ser suyas. Lavaba con su madre y algunas vecinas en el río, coleccionaba piedras azules con formas de corazones y contaba historias a sus hermanos pequeños de estrellas que hablaban y viajaban por tierras de nubes rosas como las rosas, y varias versiones de un mismo cuento donde un tlacuache engañaba al lobo para que no se lo comiera. El mundo para ella fue siempre corto y pequeño, hasta que un día el amor la creyó despertar de un sueño previsto para toda la vida.

Al igual que toda su familia, desde tiempos de la tía abuela Olga, todos los domingos iban a la iglesia del pueblo a pedirle a Nuestro Señor Jesucristo una existencia mejor, con más lujos, como la que se escuchaban en las primeras transmisiones de radio. Ángeles pronto se hizo de una razón para ir a la Iglesia y escuchar al padre con atención y gusto, además del miedo que siempre tuvo a ir al infierno por ser una niña floja y fea, y hacer berrinche, como le dijeron sus padres tantas veces: Juraba estar enamorada de un tal Jacinto, tercera voz del coro eclesiástico. Pensó que tal vez siendo hija y sierva digna de un Dios que tal vez nunca haya existido, podría merecer a ese muchacho, que tenía fama de ser más virgen, puro y casto que la mitad de todo el Ejército de Santos. Lo curioso de esto era que en vida Ángeles nunca supo de la existencia de un supuesto verbo merecer, ni en el español ni en su natal náhuatl, y por esto se vio en la necesidad de revivir otro que había muerto hace más de 400 años, y siempre ha estado dispuesto a renacer con el falso cariño de un corazón que no sabe lo que hace: tlazohtlalizicnopilhuía. Al final, su única razón para excusarse a sí misma era su estupidez innata.

Doña Lita, una anciana de más de 100 años, fue la primera en notar el cambio en la actitud de Ángeles, y la única que llegó a entender la situación sin siquiera ocuparse del asunto. Ella era la legítima propietaria de la única biblioteca del pequeño Valle de La Luna, y su mejor alfabetizadora. Iban a ella hijos con sus padres para memorizar juntos el catecismo en lengua española, uno de las tantos requisitos pedidos por la iglesia para llegar al cielo. A veces eran necesarias, si el español no se hablaba muy bien aún, estancias de varios meses en su casa para familiarizarse con la pronunciación y con el alfabeto latino. Había educado a medio pueblo en medio siglo, por esto había olvidado los nombres, los métodos de enseñanza y los verdaderos motivos de ofrecer una educación gratuita, pero si estuviera viva, recordaría muy bien a la pequeña Gelita, la sorprendente niña que conocía y explicaba todos los sentimientos humanos aún sin saber su nombre, y a su increíble sensibilidad.

Después de aprender castellano, comenzó a vender flores en la plaza todos los días, al principio con Gloria, su madre, quien murió por razones desconocidas un domingo de semana santa. La pequeña Ángeles, descalza, con cabellitos pequeños fuera de su trenza, con sus ojos redondos y negros, abrazaba flores verdes y rojas de un ramillete que apenas podía sostener. Las regalaba a cualquiera, siempre con una sonrisa muda, y sin pedir (ni siquiera sutilmente) su valor comercial. No podían conseguirse más baratas en todo el país. Obviamente, había quien pagaba y había quien no, a veces diez veces su valor real, a veces un cuarto, pero a ella le daba lo mismo, pues no le interesaba el dinero. Era imposible rechazarla. Pensaba que una flor y una sonrisa sincera ponían alegre a cualquiera, incluso a un completo desconocido. Y hacer feliz al prójimo con detalles de este tipo era su verdadero motivo para vivir.

Fue una especie de flor muy rara, y no Dios, ni su estupidez innata, quien lo acercó a Jacinto. Muy poca gente lo sabía, pero desde que un padre anterior le enseñó a elaborar papalotes, trató de innovar el único juguete conocido en el valle. Lo curioso no era su elaboración, ni la selección de los materiales, era el hecho que nunca solía estrenarlos:

«Querer alcanzar las nubes es retar al Señor. Ya lo intentaron los de Babel, y mira, por ellos medio pueblo no entiende las misas. »

Un día que Ángeles tuvo la suerte de no ir a la Iglesia, al igual que él, por no haber dormido la noche anterior a causa de sueños premonitorios, sucedió lo que Ápatos había de concebir como una imagen nostálgica heredada: tuvo la oportunidad de conocerlo. En realidad, era él quien la buscaba a ella y no al revés. Quería encontrar a la famosa niña de las flores verdes, la quetzalxochicihuapilli, quien dejó el contenido de toda su canasta en los pies del Santo Patrono el día que la luna se puso roja.

« Esas flores están muy bonitas, y quiero ponérselas a mi papalote. »

Ella no supo decir nada, aunque ya sabía contestar. Incluso, le había entendido.

El objeto de ponerle pétalos a la cometa no era hacerla más vistosa. Era darle más potencial de vuelo. Además, son muy parecidos a las plumas, y como todo el mundo sabe, son éstas las que hacen a los humanos ángeles, y a las ratas palomas.

« Si volara, se haría mariposa. »

Cuando en realidad, casi se convierte en pájaro, como el de la inundación y Noé.

De un día a otro, cuando la elaboración de esta doblemente mariposa terminaba, y Gelita miraba con nostalgia el fruto de dos pasiones infantiles, comenzó, quién sabe cómo, un viento de valle tan fuerte como extraño. Ellos lo notaron cuando sus flores comenzaron a volar, después de girar por varios minutos. Ciertamente esto fue curioso (sobre todo para Ángeles), pero lo fue más la idea de Jacinto: Creía haber obtenido el permiso de Dios, mediante este milagro, de volar su más hermoso papalote. No sabía que esas tormentas venían a La Luna cada 600 años. Soltó la cometa que no sabía volar. Flotaba. Y el lugar se convirtió en un pequeño huracán de flores. El hilo que no la dejaba irse se rompió, pues solamente era ornamental. Quizá Ángeles pensó que sus flores ya le traerían malos recuerdos, tal vez no quiso que Jacinto se pusiera triste. Corrió tras la mariposa, guiada por el espíritu de Gloria, tropezando, esquivando el viento y la lluvia de flores preciosas, cayendo, alejándose de los límites del pueblo.

***Preguntó a mucha gente cómo podía regresar a La Luna, y nadie supo contestarle, hasta que se hizo a la idea de no verlo nunca más.

***Ápatos tuvo la oportunidad de visitar el amado pueblo donde nació su abuela. Allí, conoció al apuesto bisnieto de Doña Lita, con quien se emborrachó tres veces tomando pulque curado de avena, probó el aroma de las mundialmente conocidas flores de dragón, también visitó la iglesia y se acostumbró a comer chile, buscó el papalote sin éxito, escribió algunos cuentos, aprendió a hacer tortillas, y comprendió porqué su abuela tuvo tantas ganas de regresar a aquel rincón de la nostalgia, aún estando muerta, donde conoció al amor de su vida, en el coro eclesiástico, en su viaje de la soledad.

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